Y ahora, de repente, lo atrapaba ayudando a los estudiantes a hacer trampa. Por muy fuertes que fueran sus nervios, estaba al borde del colapso.
—Bautista.
—¡Presente!
—¿Qué relación tienes con Elvira? Habla con la verdad. Si no coincide con lo que ya averigüé, el castigo será doble.
Bautista tenía la frente empapada de sudor. Frente a este demonio frío, ¿quién se atrevería a mentir?
—Elvira, es... es mi prima.
—¿Le diste todos los detalles del entrenamiento?
Bautista asintió: —Tenía miedo de que filtrara la información, así que solo le dije lo del primer día.
Le había dicho a Elvira que le pasaría información cada noche para ayudarles a ganar el campeonato.
Fabián asintió: —¿Y qué más?
Bautista negó frenéticamente con la cabeza: —Na... nada más.
En realidad, Elvira también le había pedido que le diera una lección a una tal Almendra —justo la del grupo que acababa de pasar el muro—, ¡pero ni muerto se atrevería a decir eso ahora!
¡Esa prima suya lo había arruinado!
Al principio él no quería ayudarla, pero no aguantó la insistencia de Elvira. ¡Y miren, lo atraparon apenas empezando!
Fabián le lanzó una mirada profunda y dijo con tono despiadado: —Ve a recibir tu castigo.
Bautista asintió de inmediato: —¡Sí, Comandante!
Cuando Bautista se dio la vuelta para irse, dejó una pequeña mancha de humedad en el suelo donde había estado parado; estaba tan asustado que se había orinado del miedo.
¡Literalmente se había orinado del miedo!
***
A las tres de la tarde, el grupo de Almendra encontró el tercer punto de control.
Un río ancho y caudaloso apareció ante ellos. Se veía profundo y la corriente era fuerte.
Había pequeños pilares de piedra cruzando el río, separados por un metro cada uno. Eran muy pequeños, apenas cabía un pie. Había una cuerda auxiliar para sostenerse y no caer.

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