El grupo de cinco de Elvira no se salvó; todos cayeron al agua.
Como la corriente era algo fuerte y llevaban las mochilas a cuestas, parecían gatos ahogados chapoteando desesperados.
—¡Ahhh! ¡Auxilio!
—¡Ayuda! ¡No sé nadar!
—¡Socorro!
Elvira y Mireya eran las que gritaban y manoteaban con más fuerza en el río.
Almendra les gritó desde la orilla: —El agua no les llega ni a la cintura, ¿qué tanto escándalo hacen?
Al escucharla, Félix y los otros chicos se calmaron y tocaron fondo. Sin embargo, las mochilas estaban empapadas y pesaban como si llevaran piedras, impidiéndoles ponerse de pie; solo podían avanzar agachados, medio flotando.
—¿Qué tal sabe su propia medicina? —preguntó Almendra con una sonrisa burlona y arrogante, mirándolos desde arriba.
Elvira estaba a punto de explotar del coraje. Apenas logró estabilizarse, le gritó furiosa:
—¡Almendra! Ustedes nos tiraron al agua a propósito, han violado las reglas. ¡Tienen que volver al inicio y aceptar el castigo!
La mirada de Almendra se volvió fría y desafiante: —Ya veremos quién violó las reglas, quién recibe el castigo y quién vuelve a empezar.
No tenía prisa; esperó pacientemente a que el grupo de Elvira saliera del agua arrastrándose como perros mojados.
Acto seguido, vieron cómo Elvira llamaba al centro de ayuda y, haciéndose la víctima, denunciaba a Almendra por haberlos tirado malintencionadamente para ganar la competencia.
Muy pronto, dos instructores llegaron al lugar.
Uno de ellos, al ver a Elvira, suavizó su expresión severa de inmediato y preguntó: —¿Qué pasó aquí?

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