¡Betina estaba que explotaba de rabia! ¡Qué mala suerte tenía! Justo las marcas que le gustaban no tenían nada nuevo.
—¿Fue la misma persona? —preguntó frunciendo el ceño.
La vendedora asintió de inmediato.
—¿Cómo supo? Sí, entró un señor y pidió que le envolviéramos todos los modelos nuevos de este año. Como sabe, solo tenemos una pieza de cada uno por tienda, así que… tardaremos en resurtir.
Betina sintió que le arruinaban el día. Antes, si quería algo, las marcas se lo guardaban o se lo llevaban a su casa. Hoy, que había ido en persona a dos tiendas, alguien se le había adelantado en todo.
Mateo notó su frustración.
—Betina, ¿qué tal si vamos a ver joyas?
Las joyas ahí costaban una fortuna. Tenía que hacer algo para que ella sonriera; era su primera cita y debía demostrarle su sinceridad.
Betina ya no sentía nada por Mateo y, al ver que no podía comprar nada, le parecía un inútil. Pero como las joyas eran de lo mejor, decidió dejar que se gastara el dinero.
—Está bien —dijo de mala gana.
Mateo la llevó a la zona de joyería. Betina solo consideraba dos marcas de primer nivel. Mateo, que había hecho su tarea, la llevó directo a una de ellas.
Pero al llegar al mostrador, vieron que los exhibidores principales y los de las piezas exclusivas estaban vacíos.

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