—¡Pedazo de inútil! ¡El plan iba a la mitad y lo echaste a perder!
—Es esa pinche escuincla... es demasiado hábil. Parece que trae un antivirus incorporado; virus que toca, virus que desaparece sin dejar rastro. Además, ya desarrollaron un medicamento alternativo. Pronto podrán producirlo en masa y nuestro virus dejará de ser una amenaza para ellos.
Al otro lado de la línea, la voz se tornó más grave al escuchar que Almendra Reyes y su equipo habían logrado un avance:
—¡Inútil! Más te vale que no descubran nuestros planes, o de lo contrario, ¡haré que toda tu familia pague con su vida!
Salvador, angustiado, suplicó:
—Tendré cuidado, por favor no lastimes a mi familia. Lo intentaré de nuevo.
El hombre al teléfono soltó un bufido y colgó sin más.
Lo que Salvador ignoraba era que Almendra estaba rastreando su IP en ese preciso momento. Sin embargo, por falta de tiempo, la señal se cortó antes de completar el rastreo.
—¿El Sudeste?
Gilberto Reyes miraba la pantalla con incredulidad.
Almendra y Fabián Ortega guardaron silencio.
Conocían esa región demasiado bien.
Quién lo diría, tres años después, esas cucarachas que creían extintas volvían a salir de las alcantarillas.
La pregunta era: ¿Quién los respaldaba esta vez?
¿Para qué gobierno estaban trabajando ahora?
—Pero por el acento, ese tipo sonaba como alguien de aquí, de Nueva Córdoba —dijo Gilberto, sin entender nada.
No le cabía en la cabeza por qué un paisano se aliaría con extranjeros para joder a su propia gente.
Almendra respondió con frialdad:
—Intereses distintos.
—Vamos a cortar por lo sano. Aunque no encontremos al líder ahora, expondremos los crímenes de Salvador. Que sepan que con Nueva Córdoba no se juega. ¡Vamos a darles un escarmiento para que se lo piensen dos veces!
Sabiendo que los jefes se escondían en la frontera sur, a Almendra se le acabó la paciencia para jugar al gato y al ratón. Si querían guerra, guerra tendrían.
Aunque aparecieran dos o tres Salvadores más, ¡se los cargaría a todos!
No descansaría hasta encontrar el laboratorio donde fabricaban esa porquería.
***
Entrada la madrugada, cuando el hospital estaba en silencio, una figura encapuchada empujaba un carrito médico hacia la farmacia de la estación de enfermería. Tomó las jeringas destinadas a los pacientes con síntomas leves e inyectó un líquido extraño en cada una de ellas, devolviéndolas luego a su lugar con sumo cuidado.
Repitió el proceso con todas.
Justo cuando terminaba y se disponía a escapar, la puerta se abrió de golpe. Una voz clara, pero capaz de provocarle pesadillas, resonó a sus espaldas:
—El doctor Salvador es todo un ejemplo de dedicación... ¿Trabajando horas extras a escondidas en plena madrugada?

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