—¡Pedazo de inútil! ¡El plan iba a la mitad y lo echaste a perder!
—Es esa pinche escuincla... es demasiado hábil. Parece que trae un antivirus incorporado; virus que toca, virus que desaparece sin dejar rastro. Además, ya desarrollaron un medicamento alternativo. Pronto podrán producirlo en masa y nuestro virus dejará de ser una amenaza para ellos.
Al otro lado de la línea, la voz se tornó más grave al escuchar que Almendra Reyes y su equipo habían logrado un avance:
—¡Inútil! Más te vale que no descubran nuestros planes, o de lo contrario, ¡haré que toda tu familia pague con su vida!
Salvador, angustiado, suplicó:
—Tendré cuidado, por favor no lastimes a mi familia. Lo intentaré de nuevo.
El hombre al teléfono soltó un bufido y colgó sin más.
Lo que Salvador ignoraba era que Almendra estaba rastreando su IP en ese preciso momento. Sin embargo, por falta de tiempo, la señal se cortó antes de completar el rastreo.
—¿El Sudeste?
Gilberto Reyes miraba la pantalla con incredulidad.
Almendra y Fabián Ortega guardaron silencio.
Conocían esa región demasiado bien.
Quién lo diría, tres años después, esas cucarachas que creían extintas volvían a salir de las alcantarillas.
La pregunta era: ¿Quién los respaldaba esta vez?
¿Para qué gobierno estaban trabajando ahora?
—Pero por el acento, ese tipo sonaba como alguien de aquí, de Nueva Córdoba —dijo Gilberto, sin entender nada.
No le cabía en la cabeza por qué un paisano se aliaría con extranjeros para joder a su propia gente.
Almendra respondió con frialdad:
—Intereses distintos.

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