Liliana estaba muy enojada, pero Fabián y Almendra estaban en plena luna de miel, ¿qué podía hacer ella?
—¡Ay, mi niña, a los hombres les encanta la novedad! Cuando el señor Fabián se canse de usar a esa cualquiera de Almendra, la va a botar. O si no, cuando encuentre el momento, yo misma me encargo de ella. Y entonces, la que se case con los Ortega serás tú.
Betina sabía eso, pero de solo pensar que Almendra y Fabián estaban en la misma cama haciendo cochinadas, ¡se volvía loca!
—Es una fácil, ¿cómo puede gustarle a Fabián? ¿Qué tiene ella que no tenga yo? —Betina no lo entendía.
Liliana le sobó la espalda suavemente:
—Betina, no te hagas mala sangre. Escuché que hay un virus muy fuerte allá afuera. Si a Almendra le gusta andar de vaga, que ande. ¡Ojalá se contagie! Si se muere, mejor. Así nos ahorramos el trabajo.
Betina respiró hondo, con la mirada llena de odio:
—Tienes razón, ¡ojalá se muera!
Mientras tanto, Gilberto le mostraba a Almendra los resultados de su investigación.
Esa semana, incluido el señor Lautaro, todos habían dormido solo dos horas por noche para seguir investigando.
Finalmente, el esfuerzo rindió frutos. Siguiendo las pistas de Almendra, desarrollaron una fórmula alternativa. Solo faltaba ver si funcionaba.
En los últimos días, la situación en la frontera se había controlado.
Y para sorpresa de todos, los infectados leves, tomando la medicina de Almendra y haciendo ejercicio, ¡estaban mejorando! Y los graves, después de tomar el antídoto, también se recuperaban día a día. ¡Era un milagro!
Ahora, en todo el hospital, no había nadie que no creyera en Almendra. Decían que era una santa.
Y Gilberto traía la fórmula alternativa. Si funcionaba, en quince días el problema estaría resuelto.
—Se han esforzado mucho.
Almendra miró la receta y una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro cansado.

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