¡Salvador casi se orina del susto!
Al girarse, se encontró con una multitud bloqueando la salida. Sintió un balde de agua fría recorrerle la espalda y un pensamiento cruzó su mente: «Ya valió, se acabó todo».
—Ustedes... ¿qué hacen aquí?
—Doctor Salvador, es muy tarde. ¿Qué está haciendo con tanto misterio? —preguntó Flavio, mirándolo con sospecha.
Salvador intentó esconder la jeringa detrás de su espalda, negándolo todo:
—No, nada, no estaba haciendo nada. Solo vine a checar el inventario. Ya saben, con la situación actual, los insumos escasean...
Al final de la frase, su voz temblaba.
—Si no me equivoco, acabas de inyectar el virus en las dosis de mañana. Los pacientes leves habrían empeorado gravemente o muerto después de recibir eso. ¿Verdad? —Almendra lo miraba con una mueca de desprecio.
Menos mal que todos llevaban trajes de protección; de lo contrario, la ampolleta que Salvador tenía en la mano habría bastado para infectarlos a todos.
—¡Mientes! —gritó Salvador—. ¡Me estás calumniando!
—¡Doctor Salvador! ¿A estas alturas lo niega? ¡Lo vimos! ¡Todos lo vimos! —Flavio lo señalaba con indignación, como si le doliera el alma ver tal traición.
—Flavio, no seas impulsivo. No escuches las tonterías de esta mocosa, solo quiere ponernos en contra. Saben cómo los he tratado, ¿acaso no confían en mí?
—¡Deja de mentir! —le gritó Flavio—. ¡Tú soltaste el virus! ¡Tú enfermaste al director y a los profesores!
»¡Cuánta gente murió por tu culpa! ¡Eres un animal!
—¡Maldito! ¡Ojalá te pudras en el infierno! ¡Eres una bestia, un traidor!
—Confiábamos en ti y nos trataste como imbéciles, usando el virus para matar a tu propia gente. ¿Dónde dejaste la conciencia?

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