—¿Qué?
Al ver a la chica tan cerca, con esa sonrisa cautivadora, Leonardo tragó saliva inconscientemente.
Sombra se quedó sin palabras.
En realidad, haberle preguntado «¿quieres besarme?» fue un impulso irracional que la había poseído un instante antes. Si tuviera que repetirlo, de verdad no sería capaz de soltar esas palabras de nuevo.
—No es nada.
Sombra parpadeó incómoda, retiró las manos y se preparó para marcharse.
Justo en el momento en que se daba la vuelta, sintió que alguien le agarraba la muñeca con fuerza, atrayéndola de un tirón contra su pecho.
—Tú...
Los ojos de Sombra se abrieron de par en par, pero antes de que pudiera terminar de hablar, un beso arrollador se apoderó de sus labios.
Fue feroz, urgente e intenso. Sus labios parecían estar sellados por una fuerza que buscaba arrebatarle el alma misma.
Sombra se aferró a los hombros del hombre, forzada a ponerse de puntillas.
Sentía que bailaba al borde de la asfixia.
Finalmente, Leonardo la soltó. Sus ojos, cargados de deseo, la miraban fijamente.
—Hace mucho que quería hacerlo, pero le tenía miedo a la pistola que llevas.
Sombra parpadeó confundida por un par de segundos hasta que reaccionó, esbozando una sonrisa pícara:
—Esta noche no traigo mi pistola.
—¿Y entonces? —Leonardo le acarició la mejilla con una mirada dulce y embriagadora.
—Entonces te doy permiso de propasarte —respondió ella, poniéndose de puntillas para darle un beso rápido en la comisura de la boca, reuniendo todo su valor para agregar—: Y prometo no matarte por ello.
La mirada de Leonardo se oscureció de golpe mientras intentaba descifrar el significado de las palabras de la chica.
¿Acaso se refería a lo que él pensaba?
Saliendo de su trance, se inclinó, levantó a Sombra en brazos y dijo con voz ronca:
—Me lo voy a tomar en serio.
El mundo giró a su alrededor.
Sombra se encontró sobre la suave cama matrimonial. Cuando se estabilizó, vio a Leonardo arrodillado frente a ella, desvistiéndose con toda la calma del mundo.
Aquella imagen era toda una provocación al pecado.
—Ejem. —Sombra se frotó la nariz, asustada de que le fuera a salir sangre—. Creo... creo que mejor me regreso.
La actitud de Leonardo le estaba dando un poco de miedo. El deseo le había nublado el juicio, se había dejado llevar por el impulso.
Apenas intentó levantarse de la cama cuando Leonardo la volvió a recostar. El hombre apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo, bajó la mirada y murmuró con voz ronca:
—Ya no tienes oportunidad de arrepentirte.
—Espera, escúchame, yo... mmm...
Afuera, el fuerte viento susurraba entre los árboles, haciendo que los cristales de la suite presidencial crujieran.
Solo que, mezclados con ese sonido, había otros ecos que no cesaron durante mucho, mucho tiempo.
***
Al día siguiente.
A las dos de la tarde.
Un agudo tono de llamada resonó en el amplio dormitorio. La chica que dormía profundamente en la cama se movió con irritación.
Maldita sea.
¿Qué le pasaba a su cuerpo?
Sentía la cintura como si se la hubieran partido en dos, el dolor y la molestia la recorrían por completo; además, sus extremidades parecían fuera de su sitio y apenas tenían sensibilidad.
Sombra estaba desconcertada. ¿Acaso se había muerto?
Y la causa de muerte sería...
Justo cuando su mente divagaba con esos absurdos pensamientos, la puerta de la habitación se abrió de repente.
Leonardo, luciendo impecable con una bata negra y lleno de vitalidad, entró con una bandeja de comida en las manos.
Al verla luchar por mover las muñecas, el hombre curvó ligeramente los labios y soltó una risa ahogada:
—Ya despertaste, ¿tienes hambre?

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