El chico mantenido tragó saliva, dio un paso atrás y forzó una sonrisa.
¿A qué le temía?
Por muy intimidante que fuera su presencia, ¿no era también un mantenido que vivía de su cara igual que él?
En cuanto la señorita Lourdes lo echara, él tomaría su lugar.
Y entonces, caminaría como el rey del casino.
Aunque en su mente repetía que no debía tener miedo, al cruzar la mirada con Darío, sintió un escalofrío en el pecho.
¿De verdad este tipo era un simple acompañante?
Cualquiera que no supiera la verdad pensaría que era el dueño del casino.
—No pasa nada, escuché que eras nuevo y vine a darte la bienvenida.
Darío entreabrió sus finos labios y habló sin prisa, con una mirada tan afilada como un cuchillo.
El chico mantenido abrió la boca, pero no logró articular palabra.
¿Dar la bienvenida?
Con esa actitud y esa mirada, ¿a quién pretendía asustar hasta la muerte?
Justo cuando la tensión se volvía asfixiante, se escuchó una voz desde la entrada:
—La señorita Lourdes acaba de llegar.
—¿Eh?
El chico mantenido se dio la vuelta de inmediato, adoptando la apariencia que, según le habían dicho, más le gustaba a Lourdes.
Tierno, luminoso y pacífico.
Darío frunció levemente el ceño. ¿No se sentía mal? ¿Por qué había venido de repente?
Unos segundos después.
Lourdes entró al salón principal con su bolso en la mano.
Como la calefacción estaba encendida, se fue quitando el abrigo de lana mientras caminaba.
—Señorita Lourdes...
Al verla, el chico mantenido se adelantó de inmediato para recibirla.
—Oh.
Lourdes apenas lo miró de reojo. Sin detenerse, caminó directamente hacia donde estaba Darío.
Le arrojó el abrigo, el bolso y el teléfono celular, todo de golpe.
El chico mantenido: «¿...?»
—Tengo un poco de hambre, prepárame algo de comer.
Lourdes le habló a Darío con total naturalidad.
Esa mañana, al tener que hacerse el análisis de sangre, no había desayunado nada.
—¿El desayuno no fue de tu agrado? —Darío apartó la mirada del otro y la siguió de inmediato—. ¿Qué se te antoja? Yo te lo preparo.

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