«¿Tres días?»
La mirada de Aldana se volvió fría de repente. Después de decirle a Ciro «entendido», colgó la llamada.
Aldana le lanzó el teléfono a Rogelio y dio un paso atrás.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Rogelio.
Aldana se quedó sin palabras.
Miró la puerta; parecía bastante cara y si la rompía a patadas, tendría que pagar los daños.
Después de pensarlo, Aldana se acercó con resignación, se inclinó frente a la cerradura electrónica y empezó a teclear.
Tras equivocarse dos veces, a la tercera finalmente tuvo éxito.
—¿Cómo sabes su contraseña? —Rogelio entrecerró sus oscuros ojos.
—No la sé. —Aldana arqueó una ceja y sonrió—. Solo observé las huellas dactilares en el panel e hice las tres deducciones más probables.
—Qué inteligente.
Rogelio no pudo evitar tomarle la mano y dijo en voz baja:
—Entremos a ver la cara de derrota de nuestro querido Leonardo.
Los dos entraron, mirando a su alrededor con los ojos bien abiertos buscando a alguien.
—¿Leonardo?
Rogelio miró a su alrededor. Apenas habló, se escuchó un ruido en la habitación.
La puerta se abrió.
Vestido en pijama y con el cabello alborotado, Leonardo salió del dormitorio con los ojos llenos de sueño.
Al ver al matrimonio mirando a todas partes como ladrones, se quedó un poco atónito.
—Aldi, viejo zorro, ¿qué hacen aquí?
—Vinimos a ver si te habías muerto de amor —dijo Aldana lanzando su bolso al sofá—. Aunque parece que estás bastante bien.
—Ahí la llevo.
Leonardo se ajustó el cinturón de la bata y fue a la cocina a traerles algo de tomar.
Rogelio y Aldana se quedaron mudos.
Al verlo tan lleno de energía y de buen humor, se miraron el uno al otro.
Ambos mostraron expresiones de duda.
¿Esa era la actitud de alguien con el corazón roto?
¡Acaso el impacto lo había vuelto loco!
Después de todo, a Sombra le gustaba el dinero.
Si no ganaba dinero, ¿cómo iba a darle la boda del siglo en el futuro?
—Qué bueno que estás bien —suspiró Rogelio aliviado—. Como no contestabas el teléfono ni abrías la puerta, pensamos que tú...
—Vámonos, Aldi.
Rogelio tomó a la chica para levantarse. Cuando estaban a punto de irse, Aldana se giró de repente y miró seriamente a Leonardo.
—Leonardo, ¿todavía te gusta Sombra?
—Sí —respondió Leonardo sin dudar—. Aldi, me gusta.
—Entonces está bien.
Aldana se tocó la nariz y dijo con seriedad:
—A partir de hoy, pórtate bien y dedícate a actuar, nada de andar coqueteando. Quién sabe, tal vez en el futuro Sombra cambie de opinión y vuelva a buscarte.
—¿Sombra te pidió que me vigilaras?
Leonardo sonrió, lleno de confianza.
—Sabía que ella también estaba perdidamente enamorada de mí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector