Estaba que se lo llevaba el diablo, y no tenía con quién desahogarse.
—¡Lávate la boca antes de hablarme! —La mirada de Lourdes se volvió gélida.
—¿Acaso miento? —Hernán no se echó atrás y siguió atacando—: Aparte de ti, ¿quién más puede conseguir una audiencia con el Mandatario así como así? Y para colmo, recibida personalmente por su secretario de confianza.
—Eres la primera persona en recibir semejante honor.
Lourdes era una mujer hermosa, famosa en sus círculos por su atractivo.
Entre los hombres se comentaba a sus espaldas que era el sueño de millones en Bravaria.
No sería de extrañar que al Mandatario le hubiera echado el ojo.
Lourdes apretó los labios. Una ola de inquietud la recorrió.
Antes había estado tan ansiosa que ni siquiera se detuvo a pensar en ese detalle.
Era cierto, había sido el Mandatario quien la mandó buscar a ella.
Además...
¿Por qué la había ayudado? ¿De verdad le había gustado su proyecto del orfanato?
—Ya que tienes tanta curiosidad, señor Mendoza, ¿por qué no le preguntas a él tú mismo?
Lourdes ocultó sus dudas y replicó con voz fría:
—No tengo problema en pedirle otra cita al Mandatario para transmitirle todas tus inquietudes.
—Ojalá que al Mandatario de verdad no le gustes —masculló Hernán. No se atrevió a confrontarla directamente, así que se conformó con insultarla—: Porque si llega a enterarse de tu glorioso historial...
Se refería a la época en que cambiaba de «chico mantenido» varias veces al año.
—¡Enfermo!
Lourdes no quiso seguir perdiendo el tiempo con él. Se inclinó para entrar al auto.
Al agacharse, el abrigo se le deslizó, dejando a la vista su vientre abultado.
Hernán lo vio perfectamente.
Frunció el ceño, intrigado.
¿Acaso Lourdes había subido de peso?
Pero al fijarse en el resto de su cuerpo, no notó ningún cambio.
¿Solo había engordado del estómago?
Tras unos segundos de estupor, lo comprendió todo.
¡Estaba embarazada!
Con razón se había pasado todo el evento tapándose la barriga con el bolso.
Je, je.

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