—Así es —Casiana alzó levemente la mirada, y en sus ojos serenos destelló una chispa de ironía. Sus labios carmesí se movieron—: Qué lástima que no fue Leticia Sotelo la que se casó con Félix.
—Qué pena que, para tu desgracia, no fue ella.
Fueron pocas palabras, pero clavaron un puñal directo en el ego de la mujer.
—¡Casiana! —Doña Jimena enfureció, poniéndose de pie de un salto con el rostro desfigurado por la rabia—. ¿Y de qué te sirve estar casada con él? ¡Igual no has podido ganarte su corazón!
—Llevan años casados, y apuesto a que las veces que han compartido la cama se pueden contar con los dedos de las manos.
Doña Jimena dio un paso hacia adelante, mirando a Casiana por encima del hombro, y la humilló sin piedad: —Si no hubiera sido por aquel accidente, lo más seguro es que el Dr. Hidalgo ni siquiera sabría qué cara tienes.
Al ser pinchada justo en su herida, Casiana apretó los puños lentamente a los costados de su cuerpo.
Era cierto.
Aunque era la primogénita de la prestigiosa familia Sotelo del Continente del Sur, su madre biológica había fallecido joven, su madrastra era una arpía y a su padre no le importaba en lo absoluto su existencia.
En los círculos de la alta sociedad y en las reuniones de élite...
La que siempre representaba a los Sotelo era Leticia.
Si no hubiera sido por aquel "accidente" que sacudió a todo el Continente del Sur, probablemente nadie sabría que los Sotelo tenían una hija mayor.
—¿Y qué importa? —Casiana levantó su rostro de piel radiante y perfecta, clavando una mirada tranquila en la engreída madrastra, y respondió con pereza—: Mientras yo no firme el divorcio con Félix, el puesto de señora Hidalgo me pertenece. ¿Leticia lo quiere? ¡Pues que se ponga a hacer fila!
—¡Eres una maldita insolente! —chilló Doña Jimena, perdiendo los estribos. Levantó la mano, dispuesta a cruzarle la cara de una bofetada—. ¿Quién te crees para venir a presumir en mi cara?
—¡Plaf!
Aunque Casiana parecía frágil, su abuela la había llevado a clases de taekwondo a escondidas desde pequeña, así que tenía excelentes reflejos.
Atrapó la mano de Doña Jimena en el aire, y una leve sonrisa asomó en sus labios: —Vieja arpía, tampoco tienes derecho a venir a darme lecciones.
Doña Jimena se quedó paralizada, mirando a Casiana con los ojos desorbitados.
¿Cómo la acababa de llamar?

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