—No es cierto —replicó Casiana, sonrojada y apretando los dientes a la defensiva.
—El primer día de secundaria, no encontrabas tu salón y te escondiste a llorar en la puerta del baño por el miedo.
»En segundo grado, después de la clase de deportes, reprobaste un examen de matemáticas y te pusiste a llorar en el salón.
»En el segundo semestre, participaste en una carrera, te caíste en la pista y corriste mientras llorabas...
»Y también...
—¿Cómo sabes todo eso? —lo interrumpió Casiana, mirándolo con total incredulidad.
Lo de la carrera era comprensible, pero todas las demás veces se había escondido para llorar en secreto.
Se suponía que nadie la había visto.
—Porque desde que entraste a la escuela, no dejé de observarte —dijo Félix sin prisa—. Desde que tenías trece años hasta el día de hoy, siempre he estado pendiente de ti.
—Entonces, tú...
Casiana se quedó inmóvil. Sentía como si una roca de mil kilos le aplastara los hombros, dejándola sin aliento.
—He estado enamorado de ti durante quince años, señorita Casiana —la nuez de Félix subió y bajó, y sus palabras cargaron con el peso de los años—. En cuanto a Fabiola, es solo una colega. No hay nada más entre nosotros, y mucho menos es mi amor platónico.
»Mi único gran amor, desde el principio y para siempre, eres tú.
Al escucharlo decir eso nuevamente, el corazón de Casiana volvió a estremecerse.
¿No estaba delirando?
¿No había escuchado mal?
Félix de verdad estaba confesando que la persona que amaba... ¿era ella?
—Ese accidente, para mí, fue más bien un regalo del cielo —continuó Félix—. No tienes idea de lo feliz que fui la noche que me casé contigo.
Casiana abrió la boca, pero no sabía por dónde empezar a preguntar.
Quería saberlo.
Si Félix la amaba y por fin se había casado con ella, ¿por qué fue tan distante durante su matrimonio?
—Casiana, necesito estar seguro de algo en este preciso instante —Félix levantó la mirada. Un atisbo de pánico se asomó en sus ojos, y su voz sonó aún más ronca—: El hombre que te ha gustado por tantos años, ¿es Gustavo Galván?
—No.
Qué ironía tan trágica.
—Casiana, dime algo —al ver su silencio, Félix frunció el ceño, abrumado por la frustración—. Quiero saber quién es mi rival.
—Él...
Casiana apretó los labios y, al mirarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Si tan solo hubieran hablado de esto antes, si hubieran sido sinceros, ¿se habrían ahorrado tantos años de sufrimiento?
Mientras más lo pensaba, más le dolía el pecho.
Al verla llorar, Félix sintió un vuelco en el corazón. Le preguntó con cautela:
—Casiana, no me digas que tu amor platónico está muerto.
Si ya le costaba competir con los vivos, competir con un muerto era imposible.
Como decían en internet: el daño que causa un amor platónico muerto es peor que el de una bala.
Contra un difunto, realmente no tendría ninguna oportunidad.

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