—¿Acaso tengo que darte explicaciones a ti? —Casiana dio un paso al frente y clavó una mirada glacial en Leticia. Su tono de voz era suave y delicado, pero desbordaba una autoridad apabullante—: Leticia, te lo advierto, más te vale mantenerte alejada de mi esposo.
—Así es.
Fabiola intervino, secundando el tono sarcástico de Casiana—: ¿Es herencia de familia o qué? ¡Esa manía de querer robarse al esposo ajeno!
—¿Qué dijiste?
Leticia entendió la indirecta de inmediato. Pálida de rabia, levantó la mano con la intención de estamparla contra el rostro de Fabiola.
¡Plaf!
Casiana fue mucho más rápida. Agarró el brazo de Leticia en el aire y, con el revés de la mano, le propinó una sonora bofetada directa en el rostro.
—¡Aaah!
El golpe hizo que Leticia trastabillara un par de pasos, a punto de perder el equilibrio. Miró a Casiana con odio puro:
—Te atreviste a pegarme... Ya verás, te juro que...
—Si te atreves a tocarla, te juro que lo lamentarás.
Félix, de pie detrás de Casiana y con las manos metidas en los bolsillos, le lanzó a Leticia una mirada oscura e insondable. No hizo ni un solo movimiento, pero su presencia imponía un terror absoluto.
Un verdadero protector de su mujer.
Leticia, aterrada por aquella mirada, tragó saliva y la amenaza murió en su garganta.
—Leticia, ya te he soportado demasiado tiempo. —Casiana la miró con desdén y dijo palabra por palabra—: Antes me aguantaba por respeto a mi abuela, para no dejarlos en evidencia.
—Pero cuando mi abuela salga del hospital, me la llevaré a mi casa. Y si alguien de la familia Sotelo se atreve a volver a provocarme, se las verán conmigo.
Leticia miró a Casiana con resentimiento, todavía reacia a aceptar la derrota.
Félix apartó su fría mirada, sacó su celular y marcó el número de su padre. Fueron dos frases simples:
—Papá, pausa todas las colaboraciones con la familia Sotelo de momento.
—¿Por qué? —preguntó Don Humberto.
Los de la familia Sotelo se atrevieron a meterse con mi esposa —respondió Félix—. Esto es una advertencia.
—Déjamelo a mí. Yo me encargo —sentenció su padre.
—Mmm.
Félix cortó la llamada y se dirigió a Fabiola—: Lamento si esto te causó problemas. Vuelve al trabajo. Otro día Casiana y yo te invitaremos a comer.
—Claro que sí.
Fabiola se despidió de Casiana con la mano:
—Hasta la próxima, Sra. Hidalgo.
Esa última frase fue una nueva bofetada simbólica al orgullo de Leticia.
—Vamos, Doña Inés te está buscando. —Félix ignoró por completo a Leticia, tomó la mano de su esposa y caminaron hacia la habitación.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector