A fin de cuentas, tenía que ser comprensiva con los deseos reprimidos de ese hombre por tantos años...
—Félix.
La provocación de Félix hizo que el rostro de Casiana se pusiera aún más rojo, al grado que sentía que los pelos se le iban a erizar de coraje.
—Está bien, no te enojes. —Félix la llevó hasta el comedor y le dijo con suavidad—: Aldana ya resolvió sus asuntos en el Submundo. Hoy regresa al Continente del Norte, deberíamos ir a despedirla.
—Mmm.
El humor de Casiana mejoró un poco. Fue a cambiarse de ropa, pero al ver su reflejo desastroso en el espejo, el enojo regresó de golpe:
—¡¿Y cómo se supone que salga así a la calle?!
Era pleno verano, no iba a ponerse ropa de cuello alto.
Félix se quedó paralizado con el gato en brazos, buscando alguna excusa, pero antes de que pudiera abrir la boca, una almohada voló directo hacia su cara.
—Miau~
Gordito también recibió un ligero golpe y soltó un maullido lastimero.
Félix: —Uy, mamá está enojada.
***
A las tres de la tarde.
Casiana y Félix llegaron puntualmente al aeropuerto.
Llevaba un vestido de cuello alto. Las marcas en su cuello habían requerido varias capas de corrector para que apenas pasaran desapercibidas.
Y en lugar de llevar el cabello recogido como de costumbre, se lo había soltado, dejándolo caer dócilmente sobre sus hombros para ocultar ciertas cosas que no debían verse.
—Con tantas cosas que pasaron estos días, ni siquiera pudimos atender bien a Rogelio y a ti.
Casiana le entregó una bolsa llena de bocadillos que había preparado cuidadosamente y le dijo con su voz suave:
—Esto lo hizo la señora de la limpieza en casa, sabe muy bien.
—Por los bocadillos, los perdono.
Aldana miró la bolsa y esbozó una sonrisa.
—Mmm, mmm.
Casiana asintió y añadió:
—Tu atelier de vestidos de gala ya está en construcción. De seguro estará listo antes de tu boda.
¿Boda?
Aldana lo pensó un momento. Según las fechas, faltarían unos siete meses para la boda.
Habían elegido un día muy especial para casarse: el día de su cumpleaños.
Ni un día más ni un día menos.
¡Ni que se fuera a escapar! ¡Quién sabe por qué Rogelio tenía tanta prisa!
—Gracias, cuñada —le sonrió Aldana y, acercándose, le susurró—: Tú y mi hermano no van a volver a hablar de divorcio, ¿verdad?
—No.



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