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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1524

—Así es.

Rogelio se inclinó hacia ella, limpiándole el jugo de uva de la comisura de los labios con el pulgar. Una sonrisa perversa se dibujó en sus labios.

—¡Eres la mejor, mi pequeña Aldana!

—Tsk.

Aldana lo miró de reojo, cerró el juego sin pensarlo y se acomodó cómodamente contra su pecho.

Abrió sus mensajes, buscando el contacto de Inés Palma.

[Aldana: ¿Cómo sigue la tía?]

[Inés: Prima, acabamos de salir de revisión en el hospital, todo está bien. (Sticker lindo)]

[Aldana: Perfecto, te llevaré algo rico cuando vuelva.]

[Inés envió un audio: Gracias prima, te quiero mucho, besitos, mua.]

Apenas envió el mensaje, se dio cuenta de algo y tecleó con precaución:

[Inés: Prima, ¿mi cuñado no está contigo... verdad?]

[Aldana: Sí está.]

[Inés: Ay, ¿no habrá escuchado, verdad?]

Sabía muy bien que su cuñado era un celoso empedernido. Si escuchaba que le declaraba su amor a su prima, seguro se pondría furioso.

[Aldana: Escuchó, pero no se atreve a quejarse.]

Inés: ...

Vaya, su prima sí que llevaba los pantalones en casa.

Terminó la conversación.

Aldana alzó la barbilla y depositó un rápido beso en la comisura de los labios del hombre:

—Inés dice que me quiere. ¿Tienes algún problema con eso?

—Ja.

Rogelio la tomó de la cintura y esbozó una leve sonrisa, con una expresión seductora:

—Srta. Carrillo, ¿de verdad cree que su novio es un celoso empedernido? ¿Cree que siento celos de cualquiera?

—Oh.

Aldana parpadeó y, moviendo los labios, respondió:

—O sea que te besé por nada.

—Así es —asintió Rogelio, levantándole la barbilla y devolviéndole el beso con intensidad—. Toma, te lo devuelvo.

Aldana se quedó sin palabras.

Haciendo honor a su título de gran capitalista, qué calculador.

***

—Suban, de todos modos voy en la misma dirección.

—Está bien. —Serena sonrió con cierta incomodidad y agradeció educadamente—: Muchas gracias por la molestia, Sr. Zavala.

—Gracias, Wilfredo. —Inés subió tras ella y se sentó atrás, tan recta como un palito.

—Tienen agua y bocadillos, sírvanse lo que gusten.

Wilfredo se abrochó el cinturón y miró a Inés a través del espejo retrovisor.

Ese día, Inés llevaba una falda tipo cargo con una camiseta blanca muy sencilla. Llevaba el cabello recogido en una coleta. Su rostro, con su tez luminosa y delicada, era un deleite a la vista.

—Sr. Zavala, ¿espera a alguien más?

Preguntó Serena curiosa al ver que Wilfredo no arrancaba el auto.

Inés también se asomó, parpadeando.

—No.

Wilfredo se aclaró la garganta, encendió el motor de inmediato y condujo en dirección a la residencia Luminara.

***

A las diez de la noche.

El avión aterrizó en el aeropuerto internacional de la capital. Iván y Eliseo los esperaban en la zona de salidas desde temprano.

—Srta. Carrillo, jefe. —Ambos tomaron su equipaje y hablaron con gran respeto.

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