A Kilian le zumbaban los oídos, sentía que la cabeza le iba a estallar.
—Sabías de la relación entre Inés, Aldana y la familia Lucero, así que querías usarla como trampolín para escalar socialmente —dijo Wilfredo, mirándolo con asco—. Pero Inés no te prestó ni la más mínima atención. Al ser rechazado, tu orgullo herido se transformó en rabia y montaste todo este teatro para arruinar su reputación.
—Kilian, hay que admitir que jugaste muy sucio.
Tras escuchar las palabras de Wilfredo y ver la expresión de Kilian, los estudiantes en la cafetería finalmente ataron cabos.
—Dios mío, así que él se inventó todo. Qué asco.
—De todos los rumores que pudo inventar, tuvo que ir por lo más bajo. Algo así puede destruir la vida de una mujer.
—¿Por qué creen que lo hizo? Su objetivo era destrozar a Inés.
—Y mírenlo, con esa cara de chico bueno, resulta ser una víbora por dentro.
—¿Este tipo estudia Derecho? ¡Si se gradúa, será un abogado corrupto que defenderá a los peores criminales!
—¡Kilian, di algo!
...
Kilian miró a Wilfredo y luego a la multitud que lo acosaba con insultos. Finalmente, soltó una carcajada amarga.
—¿Y qué si yo inventé los rumores? Si a Inés no le gustaba, ¿por qué aceptaba mis desayunos?
—Ella jamás aceptó tus desayunos —gritó una chica, abriéndose paso entre la multitud. Venía corriendo, apoyándose en las rodillas y respirando con dificultad—. Siempre le dejabas la comida a escondidas y luego desaparecías. Tirarla a la basura daba pena, ¡la comida no se desperdicia! —Era Wendy, la compañera de clase de Inés, y estaba furiosa—. ¡Así que fui yo la que se comió esos desayunos!
—Además, era solo un panecillo y un café, no valían ni diez pesos. ¿Quién no puede comprarse eso?
—Inés te dejó claro desde el principio que no le interesabas. Fuiste tú quien insistió como un perro faldero.
...
Kilian se quedó helado de nuevo.
—Gracias, Wendy —susurró Inés, mirándola con los ojos cristalizados.



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