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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1823

Héctor no habló.

—Para que veas, la verdad es que sí me asusté. —Lourdes se puso de pie, mostrando una dulce sonrisa—. La familia Lucero es una guarida de zorros. Rogelio es un viejo zorro y tú, el pequeño zorro Lucero.

—Eso es muy cierto.

Héctor tomó la mano de Gilda y dijo con aire de triunfo: —Los zorros deben casarse con la familia de zorros, ¿verdad?

—No digas tonterías.

Gilda lo miró de reojo, se levantó y acompañó a Lourdes hasta la puerta: —Si las cosas en el casino están bien, deberías mudarte de regreso a la capital.

Sus padres y sus hermanos estaban en la capital.

Ella era una chica viviendo sola en el Continente de Bravaria.

Sus padres estaban muy preocupados por ella.

Incluso Aldi y los demás viajaban a visitarla siempre que tenían algo de tiempo libre.

—El casino demanda mucho trabajo, no puedo dejarlo solo. —Lourdes acomodó su bolso y suspiró con resignación.

—¿Y Darío Alzamora? —insistió Gilda—. ¿No es tu guardián? Escuché que maneja el casino de maravilla.

—Ahora es mi asistente, pero pronto dejará de serlo.

Lourdes se arregló el cabello y sonrió con desenfado: —Tu hermanita ya tiene a un nuevo candidato en la mira.

—Cuando logre que muerda el anzuelo, ¿qué pito tocará Darío Alzamora ahí?

En el pasado, todos los chicos lindos que había mantenido competían por ver quién era el más obediente.

Pero Darío era la excepción.

Aprovechándose de que había logrado llegar a su cama, se tomó atribuciones de más; no solo quería controlar el casino, sino también controlarla a ella.

Je, je.

La única persona en el mundo capaz de controlarla ya estaba muerta.

Al recordar a aquel joven elegante, lleno de juventud y luz...

Lourdes sintió una punzada de dolor en el corazón.

—Bueno.

Lourdes disimuló a la perfección y sonrió radiante: —Tengo algunas cosas que resolver de regreso. Seguro anoche no durmieron bien, así que vayan a recuperar el sueño.

—Ah, por cierto, lo que dije antes iba en serio. El día que el pequeño zorro Lucero te trate mal, dale una buena patada y mándalo a volar.

—Puede que yo no tenga mucho, pero chicos lindos me sobran. Vienen por docenas.

—Después de desayunar, te aplicaré un poco de crema.

¿?

Gilda se quedó helada un par de segundos.

—Ahí, en el cuerpo... —Héctor explicó en voz baja—: Al levantarme en la mañana, noté que estaba un poco inflamado.

—Lárgate, no me voy a poner nada.

Gilda lo fulminó con la mirada; sus ojos se enfriaron al instante, dio media vuelta y entró a la habitación.

Si él la hubiera escuchado anoche y se hubiera detenido a tiempo, ¿estarían en esta situación?

Ella le dijo que ya era suficiente, pero él...

Maldito perro impulsivo.

—Gilda.

Héctor frunció el ceño ligeramente y la siguió con rapidez.

¡Bang!

La puerta de la habitación se cerró con fuerza, y la nariz de Héctor casi se estrella contra la madera.

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