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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1819

—Jajaja...

Al verla alejarse, Héctor se echó a reír.

Qué inocente era su pequeña astuta.

***

Tres meses después.

La salud de Héctor ya se había recuperado por completo y podía caminar con total normalidad.

Últimamente había tenido que volar al país Fendael y le tomó varios días terminar su trabajo.

Hoy, al finalizar su agenda, decidió regresar antes de lo previsto.

Quería darle una sorpresa a Gilda, así que no le mencionó nada a nadie sobre su regreso.

Aterrizó a las diez de la noche.

Gilda aún seguía en el trabajo.

Héctor condujo directamente hacia el Estudio Gilda.

El enorme lugar estaba oscuro, a excepción de la luz que provenía de la oficina de Gilda.

Dalia, a escondidas, le había informado que durante esos días, Gilda apenas había vuelto a casa e, incluso, en varias ocasiones, se quedó dormida en la sala de descanso.

Héctor estacionó su coche.

Con un pastel que había traído desde el extranjero conservado en hielo durante horas, se dirigió hacia la entrada de la oficina.

Ingresó la contraseña con destreza y entró a la habitación.

Echó un vistazo, pero no vio a Gilda. Solo se escuchaba el sonido del agua cayendo en el baño.

Estaba bañándose.

Aunque la brisa de esa noche de otoño era bastante fría, Héctor sintió de pronto que el calor se apoderaba de su cuerpo y que se le secaba la garganta.

Héctor soltó la bolsa térmica, se quitó el saco y se desabrochó el cuello de la camisa.

Se paseó por delante de la puerta del baño un par de veces y echó un vistazo a la manija de la puerta.

Visualmente, parecía que no estaba asegurada con llave.

Al diablo.

Incluso si estuviera abierta, no se atrevería a entrar.

A esa zorrita no se le apaciguaba tan fácilmente.

Héctor se sentó en el sofá y empezó a jugar con el celular para distraerse.

Pero sus ojos no paraban de desviarse hacia el baño.

Con la garganta reseca, se sirvió un vaso de agua helada y se lo tragó de golpe.

Héctor se detuvo frente a ella, apoyó una mano en la pared a sus espaldas y, con la otra, tiró suavemente para abrazarla.

—Héctor...

Gilda se asustó. Quiso empujarlo, pero si lo soltaba, la bata caería al suelo.

—Regresé temprano, ¿sorpresa? —Héctor se inclinó hacia ella, con su apuesto rostro acercándose peligrosamente, y su voz profunda sonaba hipnotizante—: ¿Me extrañaste? ¡Yo te extrañé muchísimo!

—¡Nadie te extrañó! —Gilda frunció levemente el ceño. Al estar recién bañada, su rostro húmedo y un poco sonrojado la hacía lucir muy tierna—: Apártate, voy a vestirme.

—No te muevas, te ayudaré a secarte el cabello.

Héctor la abrazó mientras tomaba una toalla. Mientras le secaba el cabello, el amor en su mirada casi desbordaba.

Un zumbido ensordecedor resonaba en los oídos de Gilda; su corazón latía desenfrenadamente y su mente se volvió un caos.

Esa hora de la noche, más la atmósfera creada, volvía muy sencillo perder el control.

—¿Por qué tienes las mejillas tan rojas?

Héctor bajó la mirada, observándola con intensidad; su nuez de Adán subía y bajaba.

—¡No es cierto! —Gilda, obstinada como siempre, se defendió—: Es el calor.

—¿De verdad? Déjame comprobar qué tan caliente estás.

Héctor se acercó un poco más, tiró la toalla a un lado, le tomó el rostro entre las manos y la besó.

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