Llevaba un vestido largo que resaltaba su figura envidiable, su cabello caía en suaves ondas y su maquillaje era impecable. El diamante de la Lágrima del Cuello brillaba sobre su piel luminosa.
Inés, de por sí delicada y tierna, con ese arreglo atraía todas las miradas.
—Todo está listo en el último piso. Los demás ya llegaron, vámonos directo allá —anunció Aldana.
Sombra apartó a Leonardo de un empujón y se acercó a abrazar el brazo de Aldana.
—Aldi, quiero ir en tu auto. ¡Vamos, vamos!
Leonardo, que había sido empujado sin piedad: «¿?»
Rogelio, que justo iba a tomarle la mano a Aldana: «¿?»
—¿Hay algún problema? —preguntó Aldana.
—Sí, ¿algún problema? —hizo eco Sombra.
Rogelio suspiró.
—Ninguno.
Leonardo levantó las manos.
—No me atrevería a quejarme.
Los dos hombres intercambiaron una mirada de derrota y salieron caminando detrás de ellas.
Wilfredo, por su parte, caminaba un poco más atrás, cerca de Inés, y no podía evitar sonreír.
***
En El Comedor del Bosque.
Todos los invitados estaban reunidos. Como a Inés no le gustaban las fiestas escandalosas, la celebración fue bastante íntima y sencilla.
Entregaron los regalos, Inés pidió un deseo y sopló las velas.
—¿Qué deseo pediste, Inés? —bromeó Sombra a su lado.
—Que mi familia y amigos tengan mucha salud —respondió Inés. Para ella, esa familia incluía a Aldana y los demás.
—Exacto, ya somos todos una gran familia —Sombra entrecerró los ojos y lanzó una indirecta al aire—: Wilfredo, ¿qué esperas para servirle el pastel a Inés?
—Ah, sí —Wilfredo se acercó rápidamente, miró a Inés y dijo en voz baja—: Yo te ayudo.
—Gracias —Inés se sonrojó mientras le pasaba el primer plato de pastel.
Tras repartir el postre, algunos empezaron a cantar karaoke y otros a conversar.
Inés permaneció sentada tranquilamente junto a Aldana, con una sonrisa radiante de pura felicidad.
Aldana, observando primero a Wilfredo y luego a Inés, se puso de pie de repente.
—¿Adónde vas? —preguntó Rogelio, que justo le estaba pelando una mandarina.
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