—Tiene razón, tienes que ir a revisarte rápido —intervino Félix, adivinando el juego al instante—. Si te demoras más...
Se te va a curar solo.
—Oye —Casiana le dio un pequeño codazo y susurró—: No le arruines el teatro.
—Para nada —Félix le tomó la mano a Casiana con suavidad—. Esta obra está muy bien montada, nadie la arruina.
—Sí, sí, vayan rápido a revisarlo —insistieron Quico y Julieta al unísono.
—¡Ay, qué quemadura tan horrible! —Lourdes también se unió al drama con una mueca exagerada—. Wilfredo, por favor, no te mueras. Si te pasa algo, lloraré mares. ¡Buuua!
Lourdes se tapó la cara con las manos, pero separó los dedos para mirar entre ellos.
«Estoy llorando, jeje, es broma».
...
Gilda, de pie en un rincón, observaba a la sala llena de actores de pacotilla con expresión severa.
—Gilda, ten un poco de pastel —Héctor se acercó a ella—. Como saliste a contestar una llamada, no alcanzaste. Te guardé un pedazo.
Gilda miró el plato con asco.
—Yo no como esa basura.
Era extremadamente disciplinada con su figura; jamás tocaba azúcares o grasas.
—¿Entonces qué te sirvo? ¿Vino, café, o Coca-Cola?
—Gilda...
—¡Parece que tienes una ametralladora en la boca, hablas demasiado! —Gilda lo interrumpió, fulminándolo con la mirada—. Si estás tan aburrido, sal y ve a correr diez kilómetros.
«¡¡¡!!!»
Héctor palideció. Rápidamente agarró una servilleta y empezó a limpiar la mesa, luego acomodó unas sillas.
Fingió estar ocupadísimo.
...
Gilda suspiró. Como era una ocasión especial, se contuvo de insultarlo más.
Héctor era, sin duda, el peor prospecto militar que había entrenado. Si no fuera por el respeto que le tenía a Rogelio, ya lo habría sacado a patadas.
—¿Qué? —Inés detuvo sus manos y lo miró con los ojos húmedos, la voz entrecortada—. ¿No te quemaste?
—Para nada —Wilfredo terminó de desabotonarse y se quitó la camisa para mostrarle el torso—. ¿Ves? Ni un rasguño.
...
Inés, incrédula, se inclinó hacia él, tomó sus brazos y revisó de arriba a abajo. Efectivamente, no había quemaduras.
Al ver el pecho firme y esculpido del hombre tan de cerca, la ansiedad de Inés se desvaneció de golpe, pero sus mejillas se encendieron como fuego.
—Qué alivio —murmuró Inés, retrocediendo lentamente y apartando las manos—. Bueno, salgamos.
Inés se dio la vuelta para huir.
—Inés... —Wilfredo aprovechó para tomarla de la mano. Su tono se volvió profundo y serio—: Aún no me has respondido.
—¿Responder qué? —Inés se mordió el labio, con la voz ahogada.
—¿Quieres ser mi novia? —preguntó Wilfredo suavemente—. Si hay algo que te preocupa, dímelo. Si hay algo de mí que no te gusta, lo cambiaré.
«Solo no me mantengas en esta incertidumbre. Siento que me muero en vida cada día que paso sin saberlo».

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