El gerente miró de reojo a Lucrecia y continuó con esa sonrisa falsa:
—¿Necesito explicarlo mejor?
—O compran algunas prendas, o... les pido el favor de que se vayan.
En su tienda se topaban a diario con incontables muertos de hambre que solo se probaban ropa sin intención de comprar. ¿Quién querría perder el tiempo con gente así?
Aldana frunció el ceño. Justo cuando se disponía a ponerlos en su lugar, una voz masculina sonó detrás de ella.
—¡Lucrecia!
—¡Silvi!
Al segundo siguiente, Lucrecia revoloteó hacia él como una mariposa y dijo con voz melosa:
—¡Te tardaste muchísimo!
—Mmm —respondió Silvino escuetamente, pero sus ojos estaban fijos en Aldana. Detrás de sus lentes, su mirada se entrecerró con malicia—. ¿Qué está pasando aquí?
—Pues... —Lucrecia se colgó del brazo de Silvino y dijo con clara intención—: Mi hermana vino a comprar ropa, pero resulta que no puede pagarla.
—Le dijeron un par de cosas y se enojó. Ahora está haciendo pasar un mal rato a la vendedora.
—Muchachita, no hables de forma tan desagradable. ¿A qué te refieres con 'hacer pasar un mal rato'? —Serena contuvo su temperamento, pensando que, después de todo, esta chica había sido como una hermana para Aldi.
Por respeto a don Joaquín, ella, como la mayor, no quería rebajarse a discutir con una jovencita.
Pero no esperaba que sus palabras se volvieran cada vez más ofensivas.
—¿Que no puede pagar? Nuestra Aldana es una maestra de la danza, y su hermano es un... —Serena estuvo a punto de revelar su identidad, pero se lo pensó mejor y las palabras se le atoraron en la garganta.
—¿Quién? ¡Dilo! —Lucrecia aguzó el oído.
—¿Su hermano? ¡Seguro es un viejo canoso!
—¿Qué estupideces estás diciendo? ¡A ver si no te parto la boca! —Serena no pudo más y se arremangó, lista para ir a golpearla.
Una mujer que se podía comprar con dinero era mucho más simple.
Y él que pensaba que era tan altiva e incorruptible. Al final, ¿no estaba cediendo también ante el dinero?
—De acuerdo. —Aldana desenroscó su termo, tomó un sorbo, desenvolvió un dulce y se lo metió en la boca para calmar las náuseas que sentía en el estómago. Luego, dijo sin prisa—: Empaquen todo lo de la tienda. Este señor paga.
¿Qué? Ante esas palabras, todos los presentes se quedaron helados.
La sonrisa en el rostro de Silvino se congeló al instante.
—¿To... todo? —preguntó el gerente, aterrado, mientras su mirada iba de Aldana a Silvino—. Todo podría costar varias decenas de millones. Señor Targo, ¿está seguro?
¿Decenas de millones?
El rostro de Silvino se crispó. No pudo emitir sonido. Unas decenas de miles, vaya y pase, pero ¿decenas de millones? Siendo un hijo ilegítimo, ¡¿de dónde iba a sacar tanto dinero?!
—¿No puedes pagarlo? —Aldana curvó los labios y dijo sin piedad—: Hay que ver, con lo que te gusta fanfarronear.

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