—Si se atreve a meterse conmigo otra vez, te aseguro que no le cortaré la pierna, sino la yugular.
Al recordar aquel incidente, el rostro de Don Octavio perdió el color repentinamente.
Era imposible borrar de su mente aquella escena.
Camilo había secuestrado a Darío con la intención de asesinarlo sin dejar rastro.
Lo que nadie previó fue que Darío contraatacaría, destrozándole la pierna derecha casi por completo.
Por ese motivo, Don Octavio se vio obligado a enviarlo al extranjero.
Primero, para alejarlo de Darío; y segundo, para que recibiera tratamiento médico y rehabilitación.
—¡Darío Alzamora, es tu hermano mayor! —gruñó Don Octavio, con los dientes apretados—. Él...
—En todos estos años, ¿alguna vez me trató como a un hermano?
Darío se detuvo en seco y se dio media vuelta para encarar a su padre.
Camilo siempre había sido el consentido, y eso forjó en él una personalidad extrema.
Culpaba a Darío de ser el causante del divorcio de sus padres.
Según él: si no hubiera nacido, su madre habría podido rehacer su vida mucho antes y, por consecuencia, no habría sufrido ese accidente fatal.
Por lo tanto, en la retorcida mente de Camilo, Darío era el culpable de todas sus desgracias.
Había intentado eliminarlo de innumerables maneras.
Encerrarlo en un cuarto sin ventilación, empujarlo desde un piso alto, tirarlo a un estanque helado...
Lástima para él que Darío era un hueso duro de roer y sobrevivió a cada intento.
Y lo peor era que Don Octavio siempre excusaba a Camilo diciendo que «solo eran juegos de niños».
Hasta que llegó el secuestro...
Camilo lo arrojó a un pozo oscuro donde no entraba la luz del sol.
Lo dejó tres días sin agua, sin comida y soportando temperaturas gélidas. Estaba al borde de la muerte.
Cuando Camilo creyó que ya no podía oponer resistencia, se acercó con un cuchillo.
Le preguntó riendo si prefería que le cortara el lado izquierdo o el derecho del cuello.
Darío aprovechó un descuido y lo inmovilizó.
Le arrebató el cuchillo y se lo clavó profundamente en el muslo.
Luego tiró hacia abajo con todas sus fuerzas...
La carne se separó del hueso en un río de sangre.
En un instante, unos gritos desgarradores resonaron por todo aquel paraje desolado.

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