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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1619

—Mañana se volverán a ver —dijo Sania, sosteniendo la mano de su hija en el auto, con voz suave—. A partir de entonces, nadie podrá separarlos nunca más.

—Sí.

Aldana se recostó en el hombro de su madre, mientras Sania le acariciaba el rostro con ternura.

Ay.

Era la menor de sus hijas y, sin embargo, se casaba tan pronto.

No había podido asistir a la boda de Julieta.

Y no se imaginó que esto dolería tanto en el pecho.

Al alejarse de Rogelio, Aldana se sentía verdaderamente triste. Sus ojos se humedecieron sin darse cuenta.

Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Sania ya había empezado a llorar a su lado.

Aldana estaba muda.

—Mi amor, ¿qué pasa? —se alarmó Cornelio—. ¿Te sientes mal?

La pareja había estado encerrada por más de diez años y sus cuerpos no tenían la fortaleza de una persona normal.

Especialmente Sania, quien había sido envenenada.

Su recuperación era mucho más lenta, por lo que Cornelio vigilaba cada uno de sus movimientos.

—No es nada.

Sania negó con la cabeza, hipando un poco: —Es solo que pensar en que voy a entregar a otra de mis hijas me rompe el corazón.

Apenas la recuperamos, no pasamos suficiente tiempo juntas, y ya se va con otra familia.

—Oh, ya veo. —Cornelio intercambió una mirada con Aldana y sonrió con impotencia—. Bueno, la casa de Aldi es muy grande. Si la extrañas mucho, podríamos mudarnos con ellos por un tiempo.

—¡Claro que no! —protestó Sania—. Ellos son recién casados, necesitan su privacidad. ¿Qué estaríamos haciendo ahí de entrometidos?

—Ya no llores, mamá. —Aldana sacó un pañuelo de papel para secarle las lágrimas—. No es tan malo.

—¿Eh?

Sania la miró con los ojos empañados.

Aldana: —Mis hermanas Gilda y Lourdes aún no se han casado.

La intención de sus palabras era consolarla, recordándole que todavía tenía a otras dos hijas para que le hicieran compañía en el futuro.

Sin embargo.

Esa frase, lejos de ayudar, pareció golpear una herida en el corazón materno y Sania comenzó a llorar aún más fuerte.

Aldana estaba muda.

***

Al llegar a la familia Espinosa.

—¿Cómo hicieron este desastre en el rato que nos fuimos? —Sania se acercó, le entregó un tazón de caldo de pollo a Aldana y habló con el ceño fruncido—: Les dije claramente que no compraran demasiado, pero mis palabras les entraron por un oído y les salieron por el otro.

—No compramos tanto. Es solo que somos muchos hermanos; si cada quien compra un poco, pues se acumula —se justificó Wilfredo Zavala en voz baja—. ¿Y si sacamos los regalos que trajo Félix para hacer espacio?

Félix Hidalgo frunció el ceño de inmediato: —Tus intenciones egoístas se notan a kilómetros de distancia.

Wilfredo: —Entonces podemos sacar las de Leonardo.

Leonardo Valencia, por supuesto, no estuvo de acuerdo: —Yo no mando en eso. ¿Por qué no lo discutes con tu cuñada?

—¡Claro que sí, ven y hablemos, hermanito!

Sombra se arremangó, levantó los puños y lo miró de manera amenazante: —¿Cuánto tiempo quieres que dure nuestra charla?

—Olvídalo.

Wilfredo murmuró, y retrocedió, escondiendo el cuello como una tortuga asustada. Miró hacia Gilda.

A esa sí que no podía provocarla.

Luego miró a Lourdes.

A ella tampoco se atrevía.

¡Maldita sea!

Quedar atrapado en medio de todos ellos daba rabia.

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