Lucio secó el cuerpo de Úrsula y la dejó sobre la cama.
Tiró la bata de baño y la manta empapada al suelo sin cuidado. La chica solo llevaba puesto aquel vestido en tonos rosados y blancos.
Lucio tenía mucha fuerza en las manos, y no se molestó en quitárselo con delicadeza. Con dos tirones bruscos, rompió el vestido y la liberó de la tela mojada.
Los restos de la ropa terminaron en el suelo, junto a la bata y la manta.
La sala de descanso seguía a oscuras.
Y el hombre no tenía ninguna intención de encender la luz.
Úrsula podía sentir su presencia constante, incluso sentía que se acercaba cada vez más.
Ese aroma masculino que ya empezaba a reconocer era, en este momento, como echarle leña al fuego.
No entendía por qué Lucio había hecho eso de repente; necesitaba preguntar.
La voz de Úrsula salió acompañada de un leve sollozo y un tono involuntariamente sensual.
—¿A ti... no te importa... ese tipo de cosas?
—Sí me importa —respondió Lucio.
Era exactamente lo que Úrsula suponía.
No tenían la confianza suficiente para terminar acostándose de una manera tan confusa.
Úrsula asintió, mientras se pellizcaba a escondidas para aferrarse a la poca cordura que le quedaba.
—Entonces, por favor, aléjate un poco... de verdad... voy a perder el control.
Sus palabras sonaron tensas pero sinceras.
Lucio dejó escapar una ligera carcajada al escucharla.
—¿De verdad crees que con ese cuerpecito tuyo podrías obligarme a hacer algo?
Era prácticamente imposible.
Úrsula intentó mirarlo a través de la escasa luz de la habitación.
No podía ver su expresión, solo lograba distinguir su silueta alta e imponente.
No se había ido, ni se había quitado la ropa.
Úrsula sentía que ya no podía aguantar más, tenía terror de hacer algo inapropiado.
En medio de su caos mental.
Una mano grande y fría se posó sobre su hombro blanco y delicado.
Probablemente ya no podrían irse de la mansión Montero.
Afuera, el viento mecía las ramas de los árboles, dejando caer gotas de lluvia.
Así eran las tormentas de verano: sin previo aviso y repentinas.
Dentro de la habitación, se escuchaban suaves susurros.
Había respiraciones contenidas, pequeños jadeos entrecortados, y, después de mucho tiempo, un gemido apenas perceptible.
Lo único que faltaba era un ambiente romántico.
El largo y abundante cabello de Úrsula estaba esparcido por la almohada. Sus ojos enrojecidos brillaban de humedad y sus labios estaban lastimados de tanto morderlos.
Su pecho subía y bajaba levemente, mientras sus dedos finos arrugaban las sábanas con fuerza.
Lucio la observaba.
Seguramente era la primera vez para Úrsula. Era demasiado inexperta y su cuerpo se mantuvo tenso todo el tiempo.
Lucio levantó una mano, le sujetó la barbilla y la obligó a abrir la boca.
—Relájate.

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