En esta habitación, su actitud se veía completamente normal y decente.
Ambos se habían bañado y cambiado de ropa.
La cordura había regresado.
Se miraban fijamente, plenamente conscientes de sí mismos.
Unos segundos después, por un acuerdo silencioso, ambos desviaron la mirada al mismo tiempo.
Úrsula echó la cabeza hacia atrás y bebió un par de sorbos de agua para aclararse la garganta.
Dejó el vaso sobre la mesa, se levantó del sofá y entró en la habitación principal de la suite.
Lucio se quedó de pie en la sala.
Tomó el mismo vaso que Úrsula acababa de dejar, se sirvió un poco más de agua y le dio un par de tragos.
Era agua simple, sin ningún sabor en particular.
Pero Lucio logró percibir un sutil toque a menta.
No era té, ni aromaterapia.
Era el rastro que había dejado Úrsula al beber del vaso después de lavarse los dientes.
Lucio apartó el vaso de sus labios y se quedó mirando el borde por un par de segundos.
Hizo una pausa.
Y luego se bebió de un solo trago el agua tibia que quedaba.
Dejó el vaso en la mesa.
Con un golpe seco.
El hombre se dio la vuelta y caminó hacia la habitación principal.
Úrsula ya se había destapado y estaba acostada a un lado de la cama.
Se había desmaquillado por completo y llevaba una pijama blanca de tela suave, lo que le daba un aspecto limpio y dócil.
En lugar de la mujer deslumbrante y seductora de antes, esta chica sin una gota de maquillaje parecía ser la versión que Lucio realmente conocía.
Sus labios, que ella misma se había lastimado mordiéndose, seguían ligeramente hinchados.
De un rojo intenso.
Úrsula entreabrió los labios y, con voz suave, le informó.
—Solo hay una manta.
No era como en casa, donde podían dormir en la misma cama o usar el sofá, con mantas separadas.
El sofá de esta habitación no era tan cómodo como los de la Mansión Poniente.
Pero para Lucio, que podía dormir en plena calle usando su saco como almohada, la comodidad era lo de menos.
Sin embargo, no dijo mucho al respecto.
Simplemente asintió.
—Mjm.
El hombre caminó directamente hacia la cama, levantó las sábanas y se acostó. Luego preguntó:
—¿Qué hora es?
Úrsula tomó su celular para mirar la pantalla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro