El deseo carnal era algo demasiado lejano para esta pareja unida únicamente por un contrato de matrimonio.
Sin embargo, esa misma noche, en una simple sala de descanso, ambos habían expuesto un lado íntimo que ninguno de los dos conocía, sin tener dónde esconderse.
El sonido del agua cayendo en el baño no lograba tapar por completo los ruidos, y Úrsula pudo escuchar la respiración agitada del hombre.
Era más que obvio lo que estaba haciendo.
Úrsula sintió tanta vergüenza que se tapó los oídos con las manos.
La falta de pudor que había sentido bajo los efectos de la droga volvió a golpearla con fuerza ahora que estaba lúcida. Finalmente se dio cuenta de que estaba completamente desnuda.
Se apoyó rápidamente sobre sus brazos y, antes de que el hombre saliera, sacó ropa limpia del armario y se vistió a toda prisa.
Era la sala de descanso de Lucio.
Solo había dos conjuntos de camisas y pantalones de hombre.
En ese momento no podía darse el lujo de ser exigente, así que se puso uno de ellos.
Úrsula miró la cama, que era un completo desastre, y sintió que la cabeza le echaba humo de la vergüenza.
Por si fuera poco, su cabello todavía estaba mojado y había empapado las sábanas.
Esa cama ya no servía para dormir.
Úrsula respiró hondo, intentando mantener la compostura, se acercó al baño y tocó suavemente la puerta con los nudillos.
—Mi habitación está en la planta de abajo, al final del pasillo, la primera a la izquierda. Puedes ir para allá cuando termines de bañarte, al menos por esta noche.
Por suerte, como no habían llegado juntos, Úrsula tenía otra habitación disponible.
El ruido del agua no se detuvo.
La respiración del hombre se cortó por un segundo.
Después de un largo momento, su voz áspera respondió.
—Está bien.
A Úrsula le ardían las orejas; dio media vuelta y salió rápido de la habitación.
Afortunadamente ya era de madrugada, el pasillo estaba vacío y no había ni un alma a la vista.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, como si hubiera cometido un delito, bajó corriendo las escaleras hasta su propia habitación por miedo a cruzarse con alguien.
No fue hasta que cerró la puerta que finalmente dejó escapar un suspiro de alivio.
Le dolía la zona baja de la espalda de una forma que no podía explicar. Sin perder tiempo, sacó una pijama del armario y se metió a bañar.
Cuando salió, el hombre de arriba aún no había bajado.

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