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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 128

Sonia intervino rápidamente:

—Noemí, cállate.

Noemí resopló, desafiante:

—¿Por qué no puedo decirlo? ¡Papá, te lo diré de una buena vez! Ese terreno que tú y mi hermana mayor querían, el cuñado se lo entregó a Sara Montero. ¡Ella lo supo y ni siquiera hizo nada! ¡Hace mucho que a ella ya no le importa nuestra familia!

Su voz chillona resonó por toda la sala, llegando a los oídos de todos los presentes.

El rostro de Wilfredo cambió drásticamente, oscureciéndose por la ira.

Él había intentado de mil maneras pedirle ese terreno a Lucio, y el hombre siempre lo había rechazado con total frialdad.

Ya tenía ese coraje guardado, y que Noemí lo mencionara fue como echarle gasolina al fuego.

La expresión de Natalia también se volvió sombría:

—Ursi, el matrimonio arreglado no significaba que solo debías casarte y olvidarte de todo. Ahora piensas que ya no eres parte de la familia Valdés, por eso no te importa lo que nos pase, ¿verdad?

—Nunca he dejado de ser una Valdés —dijo Úrsula tras una breve pausa, remarcando cada palabra con frialdad—. Son ustedes los que nunca me han considerado parte de la familia.

—¡Si no te consideráramos de la familia, te habría asfixiado apenas naciste!

Wilfredo perdió el control por completo. Alzó la voz, mirándola con una rabia incontenible:

—¡Tu hermana y yo luchamos por ese terreno durante muchísimo tiempo! Y tú, ¿qué haces? ¡Nada! ¡No te envié a casarte con él para que luego vinieras a darte ínfulas frente a nosotros!

Echaba fuego por los ojos.

Úrsula apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas de las manos:

—Apenas he dicho un par de cosas de más y usted dice que me doy ínfulas. ¿Decir la verdad es hacerme la importante?

Wilfredo rugió:

—¡Úrsula!

—No hace falta que grite, estoy aquí —Úrsula dio dos pasos hacia adelante, con los ojos enrojecidos de frustración—. Hoy mandó a Ramiro para que me trajera. Seguramente ya había planeado que yo me quedara callada, que recibiera todos sus insultos sin decir ni media palabra, que le pidiera perdón a Noemí, y luego usted me echaría de la casa como a un perro.

Jamás en su vida Úrsula le había hablado así a Wilfredo en la mansión Valdés.

Siempre había sido callada y sumisa.

Incluso antes de llegar, Úrsula ya se había preparado mentalmente para recibir regaños. Pero al ver la hipocresía y el doble estándar de su familia, sintió que ya no podía soportarlo más.

Sus palabras habían destrozado por completo la máscara de superioridad de Wilfredo.

—¡Estás pasándote de la raya!

Wilfredo agarró una taza de té que tenía a la mano y la estrelló con fuerza contra el piso.

Una vez más, los pedazos cayeron a los pies de Úrsula.

Sonia trató de detenerlo:

—¡¿Qué estás haciendo, Wilfredo?! ¡Deja de romper cosas!

Wilfredo bufó por la nariz, respirando agitadamente por la ira:

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