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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 127

Tomó aire y miró fijamente a Sonia:

—Si ella me provocó, ¿por qué debo ser yo quien le pida perdón? Eso no tiene sentido.

Sonia se atragantó con sus palabras por un segundo antes de responder:

—De todos modos, tú también te equivocaste. Todos cometemos errores por impulso, pero hay que hacerse responsable de nuestros actos. Eso te lo enseñé desde niña, ¿ya lo olvidaste?

Úrsula no respondió. Simplemente apartó las manos de Sonia con suavidad.

Una disculpa suya no valía nada, pero estaba decidida a no pedirle perdón a Noemí jamás. Lo único de lo que se arrepentía era de no haberle hundido la cabeza en el agua desde el principio para que se tragara toda la piscina.

Sonia frunció el ceño:

—Ursi...

Wilfredo intervino dirigiéndose a Sonia:

—¡Estás perdiendo tu tiempo! ¡Mírala, no tiene ni una pizca de remordimiento!

Dejó escapar un bufido de desdén.

Sonia, sintiéndose frustrada, miró a su hija con molestia.

No entendía cómo su niña, que siempre había sido tan dócil y obediente, se había vuelto tan rebelde de la noche a la mañana.

La observaba con evidente descontento.

Úrsula seguía parada en su sitio, obligándose a ignorar aquellas miradas cargadas de reproche.

Apretó los puños a los costados de su cuerpo y enderezó su frágil espalda:

—No me voy a disculpar. Las cosas deben juzgarse por sus causas y consecuencias. Si ella no hubiera intentado drogarme en la fiesta, yo no le habría hecho absolutamente nada.

Natalia se quedó pasmada:

—¿Drogarte?

Giró la cabeza para mirar a Noemí.

Noemí saltó de inmediato a la defensiva, alzando la voz:

—¡Eso me lo dio Ángela Quintana! Ambas creíamos que era polvo picante. ¡Solo queríamos jugarle una broma!

Miró a Wilfredo, poniendo cara de víctima:

—¡No fue a propósito!

Úrsula observó a Noemí mentir descaradamente, sin inmutarse.

Wilfredo se quedó callado al escuchar eso.

Al parecer, ya estaba al tanto de los detalles. Se quedó sentado en el sofá en absoluto silencio.

Sonia, por su parte, se molestó y reprendió a la menor:

—Noemí, ¿cuántas veces te he dicho que no te juntes con la chica de la familia Quintana?

Noemí hizo un puchero:

—¡Ya sé, ya sé! ¡Dejen de regañarme, acabo de salir del hospital!

Comenzó a fingir que iba a llorar, con los ojos llorosos.

Sonia, agobiada por tanto griterío, no tuvo más remedio que acercarse a consolarla:

—Ya, ya, cálmate. Eres una adulta, no puedes ponerte a llorar por dos palabritas.

Úrsula desvió la mirada, ignorando la escena entre madre e hija.

Wilfredo levantó la vista, miró a Úrsula y dudó antes de hablar.

Después de un momento, soltó:

—Si pasó eso, ¿por qué no lo dijiste antes?

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