La madrugada en Nueva Alborada resultaba inusualmente silenciosa.
Bajo el aguacero incesante, los autos en la autopista eran muchos menos en comparación con el día.
El Bentley negro, como una pantera ágil y veloz, rompió la tranquilidad de la noche lluviosa, acelerando y levantando grandes charcos de agua a su paso.
El hombre al volante miraba al frente, con un hilo de impaciencia destellando en sus ojos oscuros.
Hacía unos minutos, Tomás le había llamado para informarle del paradero de Úrsula.
El chófer de la familia Valdés se la había llevado a la fuerza.
Y, por si fuera poco, Tomás había añadido que Noemí acababa de salir del hospital.
Qué casualidad.
Que volviera a su casa estaba bien.
Pero dejar de contestar el teléfono no era propio de Úrsula.
Lucio sujetó el volante con firmeza y condujo directo hacia la mansión de la familia Valdés.
Eran más de las dos de la madrugada.
Los miembros de la familia Valdés comenzaron a levantarse uno tras otro.
Cuando lograron distinguir la figura que acababa de entrar al vestíbulo, todos los presentes intercambiaron miradas, sumidos por un instante en un silencio tenso y escalofriante.
Wilfredo fue el primero en reaccionar, con voz grave y profunda:
—Ah, eres tú, Lucio. Con esta tormenta allá afuera, ¿cómo es que vienes a estas horas?
Mientras hablaba, dio un paso adelante y extendió la mano, invitándolo a pasar hacia los sofás:
—Ven, toma asiento.
—No es necesario —respondió Lucio, paseando la mirada por el lugar. Llevaba una sonrisa en los labios que no llegaba a sus ojos—. Estaba de viaje de negocios y, como pasaba por aquí, quise aprovechar para saludar a mi suegro.
El tono era cortés.
Pero, sin importar cómo se analizara, sus palabras destilaban un sarcasmo que dejó a todos los presentes al borde de un ataque de nervios.
Nadie irrumpe en la casa de alguien a mitad de la noche, levanta a todo el mundo y luego dice que "solo pasaba por ahí".
Además, este hombre no había entrado pacíficamente después de avisarle a Wilfredo; directamente había embestido la entrada principal con su auto, dejándole una abolladura al portón.
Semejante escándalo había despertado a todos.
El mayordomo había salido a toda prisa con un paraguas y, al ver que se trataba del temido señor Silva, mandó a abrir las puertas de inmediato.
Y para colmo, este hombre se había atrevido a decir con una sonrisa que la noche estaba oscura, no vio bien y pisó el acelerador por accidente.
Una excusa más patética, imposible.

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