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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 132

—No —respondió Lucio.

Natalia fingió sorpresa:

—Pensé que ya habría regresado.

Luego giró la cabeza para mirar a Hugo, que estaba a su lado:

—Si no regresó, seguro se fue a quedar en un hotel, ¿no crees?

Hugo captó la mirada de su esposa y no tuvo más remedio que seguirle la corriente:

—Supongo que sí.

Lucio observó la obvia actuación teatral que Natalia acababa de montar frente a él creyéndose muy astuta.

No la desenmascaró, sino que dirigió su mirada hacia Wilfredo:

—¿Es eso cierto?

Wilfredo asintió repetidamente, respaldando la mentira de su hija:

—Sí, sí, solo le llamé la atención un poco. Ya sabes que hace berrinches por cualquier cosa. No te preocupes, seguro mañana estará de vuelta.

Lucio miró entonces a Sonia y preguntó:

—¿Y usted qué dice, señora?

Sonia esquivó su mirada y tardó un buen rato antes de murmurar en voz baja:

—Seguro... seguro que mañana regresa.

Wilfredo dejó escapar un suspiro de alivio al escucharla y se apresuró a intervenir:

—Ya ves, no pasa nada.

Con una risa nerviosa, intentó relajar el ambiente:

—Está lloviendo muy fuerte y ya es tarde, dejemos este tema por ahora. Lucio, ¿prefieres regresar a tu casa o te quedas a dormir aquí? ¿Quieres que le pida a los empleados que te preparen una habitación?

Aunque lo ofreció, no hizo el menor amago de dar la orden, asumiendo claramente que Lucio jamás aceptaría quedarse.

Lucio no respondió.

Wilfredo se quedó de pie, sudando frío.

De repente, el silencio se apoderó del vestíbulo y nadie se atrevió a decir una sola palabra.

Unos segundos después, una risa fría y burlona resonó en el amplio espacio.

El corazón de Wilfredo dio un vuelco.

—Ya que ninguno de ellos quiere hablar, hazlo tú —dijo Lucio, fijando su mirada afilada y escrutadora en el mayordomo que estaba a un lado.

El hombre se estremeció de pies a cabeza, miró de reojo a Wilfredo por puro instinto y tartamudeó:

—¿Ha-hablar de qué?

—¿Por qué lo miras a él cuando te hago una pregunta a ti? Mírame a mí —le ordenó Lucio, mirándolo desde arriba con actitud implacable—. Dime, ¿dónde está exactamente la señorita Úrsula?

Su tono era relajado.

Pero el mayordomo sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.

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