Seguía lloviendo.
La distancia desde el vestíbulo principal hasta el sótano no era corta.
El mayordomo caminaba temblando, pues a su lado iba un hombre imponente e irracional, al que nadie podía manejar.
Si no le decía la verdad, quién sabe de qué atrocidades sería capaz Lucio.
Ese hombre carecía por completo de los modales refinados de los jóvenes de la alta sociedad. ¿Quién más en toda Nueva Alborada tendría el descaro de embestir con su auto la entrada de la casa de su propio suegro en plena madrugada, levantar a toda la familia y someterlos a un interrogatorio que parecía más bien un juicio judicial?
El mayordomo iba adelante, sosteniendo el paraguas.
A Lucio jamás le habían importado las miradas ajenas. Caminaba detrás, cubriéndose con un paraguas negro, mientras sus zapatos de cuero pisaban los charcos; el agua salpicaba, empapando el dobladillo de sus pantalones.
A lo lejos, se escuchaban pasos acercándose, y las voces de Wilfredo y Sonia discutiendo se colaban a través de la tormenta.
—¡Te dije que hablaras con ella por las buenas! ¿De qué sirve que la encierres? ¡Dejarla sola en una noche de tormenta eléctrica... no sé cómo puedes tener la conciencia tranquila!
—¡Soy su padre! ¿Y qué si la encierro? ¡Incluso si viniera la policía, no tendrían derecho a meterse en esto!
—¡A ver cuándo dejas esa actitud tuya de dictador!
—...
Los gritos no cesaban, mezclándose con el sonido implacable de la lluvia.
Lucio levantó ligeramente la vista y, a través de la espesa y húmeda cortina de agua, divisó el sótano a pocos metros.
La puerta estaba cerrada y asegurada con un candado.
El mayordomo corrió hacia allá para abrirla.
Apenas quitó el candado.
Y antes de que su mano siquiera pudiera presionar la manija...
El hombre a su lado ya se había adelantado y, sin una pizca de paciencia, levantó la pierna.
¡Crash!
El impacto fue tan fuerte que hasta el suelo pareció temblar.
La puerta de madera fue abierta de una patada violenta.
El mayordomo se quedó boquiabierto, pensando para sus adentros que este yerno criado en las calles era realmente un salvaje.
Parpadeó un par de veces y, sin atreverse a emitir sonido alguno, se quedó quieto junto a la puerta.
La luz dentro del lugar era muy tenue.
La mirada de Lucio recorrió la habitación hasta que por fin divisó una pequeña figura acurrucada bajo la ventana.
Luego, su alargada sombra se proyectó por la habitación, envolviendo rápidamente la figura acurrucada de Úrsula.
En un par de segundos, el hombre ya estaba parado frente a ella.
Úrsula jamás imaginó verlo allí a esas horas y, sorprendida, levantó ligeramente el rostro.
Sus miradas se encontraron.
Lucio bajó la vista hacia ella.
Era una perspectiva desde la que él la dominaba por completo.
De pronto, quizá sintiendo que la distancia entre estar de pie y en cuclillas era demasiada...
Lucio flexionó una pierna y se agachó frente a ella.
La mirada de Úrsula, que estaba dirigida hacia arriba, bajó hasta encontrarse casi al mismo nivel que los ojos del hombre frente a ella.
Se miraron fijamente por un instante.
De repente, el hombre levantó la mano y sostuvo el delicado mentón de la chica.
Gracias a la tenue luz de la ventana, Lucio pudo distinguir su delicado rostro de porcelana.
Lucía tan dócil y tranquila como siempre. No tenía la expresión de alguien que hubiera sufrido la peor de las injusticias; por el contrario, se veía en completa calma.

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