Al ver esto, Úrsula se apresuró a avisarle:
—Ya podemos avanzar.
Lucio arrancó el auto y siguió la corriente de vehículos hasta cruzar la intersección, dirigiéndose hacia la Mansión Poniente.
El auto ingresó al garaje subterráneo.
Habían llegado rápido.
Úrsula se quitó el cinturón, se bajó y abrió la puerta de un Porsche gris plata estacionado al lado para sacar algo.
Últimamente, había estado yendo de un lado a otro gestionando los asuntos del centro de arte, y llamar al chofer en todo momento le resultaba un inconveniente, así que se había comprado un auto nuevo.
Lucio no le había prestado atención antes, recién lo notaba.
Le echó un vistazo y comentó:
—El color está bonito.
Úrsula cerró la puerta y asintió levemente.
Caminaron juntos hacia la entrada principal.
Lucio, recordando el letrero de conductora principiante que vio en la parte trasera del Porsche, le preguntó:
—¿Desde cuándo tienes licencia de conducir?
—No la saqué hace poco —respondió ella mientras caminaban—. La conseguí justo después de terminar la preparatoria, pero rara vez manejo.
Con sus largas piernas marcando el paso, él preguntó:
—¿Te da miedo?
—No es eso —dijo Úrsula, mordiéndose el labio inferior—. Es que manejo... de manera un poco brusca.
Lucio la miró de reojo, levantando una ceja con evidente diversión.
Úrsula suspiró, frustrada.
—El punto es que Yara se niega a subirse a mi auto; dice que acelero tan fuerte que la dejo pegada al asiento.
Lucio soltó una carcajada profunda.
—Vaya, entonces sí que debes ser brusca.
...
Úrsula ya no quería caminar junto a él.
Aceleró el paso, subió las escaleras y fue la primera en entrar a la habitación.
Lucio, con las manos en los bolsillos y una postura despreocupada, la observó subir, para luego subir los escalones a paso lento.
De vuelta en el dormitorio.
Úrsula ya se estaba duchando.

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