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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 156

Tras publicar la pregunta.

Lucio se quedó mirando el teléfono durante unos quince minutos, actualizó la página decenas de veces, pero no obtuvo ni una sola vista.

Soltó un bufido sarcástico.

Qué terrible algoritmo.

A fin de cuentas, esa pequeña duda sobre Úrsula no era nada que valiera la pena considerar como algo importante.

Cerró la aplicación, bloqueó el teléfono, se levantó y salió del estudio.

A la mañana siguiente.

Lucio salió del gimnasio, regresó a su habitación a bañarse, y, cuando salió ya cambiado, se dio cuenta de que Úrsula también se había despertado.

Últimamente andaba tan ocupada con los asuntos del centro de arte que a veces se levantaba incluso más temprano que él.

Mientras se abotonaba el cuello de la camisa, echó un vistazo casual hacia el tocador.

Úrsula se estaba maquillando frente al espejo.

Ya estaba arreglada, y no con sus coloridos y bonitos vestidos de siempre, sino con un elegante y pulcro traje oscuro de falda y saco, sentada de espaldas a él. La falda de corte impecable resaltaba sus bonitas curvas.

Le parecía que, desde que regresó de su fiesta, no la había vuelto a ver usar esos vestidos de colores vivos y estilos variados.

En los últimos días, ambos habían estado muy ocupados. Las pocas veces que coincidían, ella siempre llevaba ese estilo ejecutivo, perdiendo un poco de su aura inocente y luciendo mucho más madura.

Úrsula se aplicó un poco de labial para terminar su maquillaje natural.

Se quitó las pinzas del cabello y dejó caer su melena, que formaba ligeras ondas sobre su espalda.

Comenzaba otro día ajetreado. Al mirarse en el espejo, se dio ánimos mentalmente.

Al girar la cabeza.

Vio a cierta distancia al hombre parado junto al sofá. Con los ojos medio cerrados, era difícil descifrar su expresión.

En la Mansión Poniente, la dinámica seguía siendo la misma: ella dormía en la cama y él en el sofá.

Aunque de vez en cuando, a este hombre le daba la locura e insistía en apretujarse con ella en la cama.

Mientras guardaba sus cosméticos en la mesa, le señaló:

—Te abotonaste mal la camisa.

Lucio bajó la mirada al escucharla.

Toda la fila estaba desalineada, con razón no podía abrocharse el último botón.

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