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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 171

Esa fue la primera noche desde que se casaron en la que no durmieron dándose la espalda, acorralados en los bordes de la cama y a punto de darse un golpe íntimo contra el suelo.

Una sola manta los envolvía a los dos, hundiéndolos de manera segura en el centro del colchón.

Cuando Úrsula despertó por la mañana, su nuca seguía descansando sobre el brazo del hombre, y su frente tersa estaba apoyada contra su firme pecho.

La pierna de Lucio apresaba la suya.

Habían dormido abrazados de esa forma toda la noche.

Úrsula dejó escapar un suspiro.

—Buenos días —se escuchó la voz ronca del hombre por encima de ella.

—Ah... —Úrsula reaccionó al escucharlo—. Oh, buenos días.

No había necesidad de levantarse tan temprano durante su estadía en San Cipriano para el aniversario luctuoso, a diferencia de los días de trabajo normal. Como él no se movió, ella tampoco tuvo prisa por hacerlo.

La luz grisácea del exterior se filtraba por las rendijas de la ventana; prometía ser otro día lluvioso.

El final del otoño en San Cipriano solía estar pasado por agua.

Después de estar acostada durante unos diez minutos, Úrsula sintió que la situación era un poco incómoda y ya no quiso quedarse en la cama.

—¿Nos levantamos? —preguntó ella—. Creo que tal vez necesites un momento para calmarte.

Lucio abrió los ojos; sus pupilas no mostraban gran agitación: —Me lavaré primero, puedes dormir un poco más.

Úrsula asintió suavemente: —Está bien.

Lucio se levantó dándole la espalda y caminó hacia el baño.

Úrsula no lo miró; escondió la cabeza bajo las sábanas para no escuchar, no ver y no pensar.

Una vez listos, bajaron a desayunar.

Hoy, todos los miembros de la familia Silva irían al cementerio. Mercedes Silva estaba vestida con sobriedad pero de manera deslumbrante; no podía perder su porte de matriarca de la familia Silva. Se sentó a la mesa con una elegancia impecable, sin mostrar ni un ápice de fatiga.

Los sirvientes ya habían servido todo el desayuno en la mesa.

A diferencia de la ira del día anterior, el rostro de doña Mercedes mostraba hoy una sonrisa moderada: —¿Ya se levantaron? Vengan a sentarse.

Úrsula la miró como si hubiera visto un fantasma.

Aquello confirmaba sin lugar a dudas quién había enviado a la persona que los espiaba la noche anterior.

Al parecer, su actuación había surtido efecto.

Ambos separaron sus sillas y se sentaron.

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