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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 172

Para Úrsula, escuchar a esos dos discutir ya era una costumbre.

No tenía mucho apetito esa mañana; se sintió satisfecha con apenas media taza de su sopa de avena.

De pronto, alguien le rozó la pierna por debajo de la mesa.

Levantó la cabeza lentamente.

—Déjame un poco —le dijo Lucio.

No quería comer ninguna de las otras cosas.

Dio la casualidad de que a Úrsula ya no le cabía más, así que le tendió el tazón: —Toma.

Lucio tomó un par de sorbos para intentar ahogar el sabor del estofado de su madre.

Tenía el semblante ensombrecido; era evidente que el numerito mañanero de doña Mercedes lo había puesto de muy mal humor.

Úrsula bajó la mirada, tomó una servilleta y se limpió las comisuras de los labios.

La mano de doña Mercedes se posó sobre su brazo y, de repente, habló: —Levanta la mano.

Úrsula la miró, vaciló un segundo y luego levantó suavemente la muñeca.

Doña Mercedes se quitó una valiosísima pulsera de jade verde imperial que llevaba puesta, tomó la mano de Úrsula y se la deslizó por la muñeca.

Se puso seria y le dijo: —Eres la señora Silva y tendrás todo lo que te corresponde. Podemos discutir a puerta cerrada, pero de cara al exterior nuestros intereses y nuestra reputación son uno solo. Eres diferente al resto de la familia Silva, ¿te queda claro?

Úrsula bajó los ojos y le siguió la corriente: —Sí, señora.

Doña Mercedes pareció relajarse un poco: —Me alegro de que lo entiendas.

Después del desayuno, los autos comenzaron a salir uno a uno por la entrada principal de la antigua mansión, todos en dirección al cementerio de la familia Silva.

La rama principal de la familia había preparado dos vehículos.

Como doña Mercedes no lograba que el señor Silva hiciera acto de presencia, se subió sola al primer auto.

Lucio y Úrsula ocuparon el auto de atrás.

Los dos vehículos salieron al unísono del patio.

El cielo tenía un tono gris plomizo, densas nubes se arremolinaban en lo alto y caía una fina e insistente llovizna.

Las gotas de agua colgaban de los árboles a los lados de la carretera, y el asfalto mostraba el tono oscuro de la humedad. Toda la ruta estaba ocupada por los autos de los Silva en dirección al cementerio; los neumáticos salpicaban una mezcla de agua y lodo al pasar.

Lucio estaba recostado perezosamente en el asiento trasero, con las largas piernas separadas; golpeó el apoyabrazos con los nudillos: —Déjame ver la pulsera.

Úrsula, que miraba por la ventana, se volvió al escucharlo e intentó quitarse la joya de la muñeca.

El hombre a su lado chasqueó la lengua: —Déjatela puesta.

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