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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 200

Hacía tiempo que Úrsula no se quedaba a dormir en la Mansión Poniente.

La última vez que lo hizo fue antes del aniversario luctuoso. ¿Quién iba a pensar que ocurrirían tantas cosas de repente?

Todo pasó tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar, y terminó quedándose a vivir en Villa Cielo Abierto todo este tiempo.

Las luces de su habitación estaban apagadas.

Estaba recostada en su cama, incapaz de conciliar el sueño.

Después de dar vueltas por al menos media hora, Úrsula se bajó de la cama, se puso sus pantuflas de peluche y cruzó hacia la habitación de al lado.

Abrió un cajón y sacó lo que estaba guardado allí.

Sin moverse, todavía arrodillada junto al cajón, Úrsula llamó a Yarita.

Como buena ave nocturna, Yarita solía quedarse despierta hasta altas horas de la madrugada, no era de irse a dormir temprano.

—Mi amor, ¿ya decidiste qué quieres que te regale de cumpleaños?

Úrsula sostenía su celular con una mano y unas hojas de papel delgadas con la otra:

—No es eso. Yarita, hay algo que necesito preguntarte.

Yarita, del otro lado de la línea, se acomodó y tomó un sorbo de agua mineral con gas:

—¿Tiene que ver con el señor Silva?

—¿Cómo lo adivinaste? —preguntó Úrsula.

Yarita soltó una carcajada:

—Porque te conozco, reina. Dime, ¿qué pasa?

Sin ánimos para bromear, Úrsula respiró hondo y le contó cada detalle de todo lo que había ocurrido desde la noche anterior hasta esa misma tarde.

Al terminar de escucharla, Yarita se quedó callada unos segundos.

Bajó su botella de agua, pero no pudo evitar soltar una queja:

—¿Acaso está loco?

Úrsula se mordió el labio inferior:

—Es muy probable.

Las cosas que Lucio Silva había hecho no eran obra de alguien en su sano juicio.

Yarita comentó:

—Mira, yo voy a apoyar cualquier decisión que tomes. Hablando objetivamente, si analizamos todo desde diferentes ángulos, parece que él sí quiere continuar con esta alianza. Pero como el cabrón arrogante que es, te lo dice de esta manera y usa el poder como anzuelo para atraparte.

Úrsula susurró:

—Sabe perfectamente qué es lo que más necesito.

Primero le enseñaba a usar un arma, y luego la guiaba sutilmente hacia lo que él quería.

¿Acaso ella podría depender toda su vida del centro de arte?

¿Y si Wilfredo Valdés se metía en algún problema grave? Últimamente, no paraba de ir a cenas de negocios, estaba claro que ya se le habían subido los humos a la cabeza.

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