La forma en que la trataba parecía estar separando su alma del cuerpo.
A diferencia de la noche de bodas, cuando se dejó llevar pasivamente, cerrando los ojos hasta caer en un letargo a medias, esta vez era diferente.
Ahora, el hombre se rehusaba a dejarla descansar. Cada vez que Úrsula intentaba cerrar los ojos, la hacía estremecer de manera insoportable, forzándola a volver en sí.
Ya no quería leer.
Incluso si dejaba algunas cosas para el día siguiente, estaría bien. Al menos eso creía ella.
Sin embargo, Lucio se mostraba implacable.
—Estudia un poco menos hoy, estudia un poco menos mañana... ¿Y cuándo se supone que vas a tomar mi lugar?
Le zumbaban los oídos y a duras penas entendía lo que él le decía.
Él, abrazándola por la espalda, le susurró:
—Dije que te enseñaría lo que no entendieras, pero en todos estos días no has preguntado nada. No pareces tener hambre de aprender.
Le reprochó, y luego añadió:
—¿De verdad no tienes ninguna duda? ¿Eh?
Era evidente que no pensaba dejarla ir.
Úrsula, con las manos apoyadas en el escritorio, tardó unos instantes antes de forzar un sonido rasposo:
—... Sí tengo.
Lucio soltó una carcajada, sosteniéndola por la cintura con firmeza.
—¿Entonces por qué no preguntas? Pregunta y luego dormiremos.
—¿De verdad? —Úrsula alzó la mirada lentamente—. ¿No... me engañas?
—De verdad —respondió él sin rodeos.
No le quedó otra opción que obligarse a estar alerta.
Se mordió el labio inferior, mientras trataba de recordar los problemas con los que se había topado durante los últimos días.
Mientras pensaba, Lucio alzó la mano y, con el pulgar, presionó su labio inferior para que lo soltara.
—No hagas trampa, te estoy ayudando a adaptarte.
Jadeando ligeramente, ella preguntó confundida:
—¿Adaptarme a qué?
Él la miró fijamente.
—A adaptarte a hacer dos cosas al mismo tiempo, a ser eficiente, a no desperdiciar tiempo.
—.........
Esa noche, la cama de la habitación principal permaneció vacía.
Junto al escritorio, dos siluetas se fundían. Las voces se intercalaban; una preguntaba entre pausas entrecortadas, la otra respondía con absoluta naturalidad. Si uno solo prestara atención a lo que decían, no habría nada fuera de lugar.
Cuando logró formular hasta su última duda, el cuerpo y el alma de Úrsula estaban hechos pedazos.
Solo entonces Lucio pareció satisfecho; la aseó rápidamente y la llevó a la cama.
Él se quedó de pie junto al colchón y se inclinó para darle un beso en el lóbulo de la oreja.
Úrsula ya no podía soportar ninguna sorpresa más; se envolvió en las sábanas y cayó rendida al instante.
Fue una noche profunda y sin sueños.
Por suerte, al despertar a la mañana siguiente, no tuvo tantos problemas para caminar, aunque sentía las piernas algo débiles al bajar las escaleras.
Lucio entraba desde el exterior de la casa y, al verla descender, se paró al final de la escalera, abriendo los brazos en un gesto de invitación.
Faltaban aún tres o cuatro escalones; Úrsula se inclinó hacia adelante y se dejó caer en su pecho, rodeándole el cuello con los brazos.
Él la alzó en el aire sin esfuerzo y caminó hacia el comedor, susurrando en un tono cargado de segundas intenciones:

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