Días después, aprovechando un hueco en su agenda, Úrsula volvió a la mansión de la familia Valdés.
Regresaba a buscar algunas cosas en su antigua habitación. Al entrar, el mayordomo se sorprendió al verla, pues hacía meses que no se aparecía por allí. Tras salir de su asombro, la saludó con un respetuoso "señorita Úrsula" y rápidamente se hizo a un lado, evitando cruzar miradas por la incomodidad de lo ocurrido en el sótano la última vez.
Ella ni siquiera le prestó atención; subió directo a su cuarto y encontró lo que necesitaba. Aprovechó para empacar algunos documentos y certificados que requeriría más adelante, prefiriendo llevárselos de una vez para no tener que regresar.
Mientras acomodaba sus pertenencias, Sonia Valdés escuchó ruido desde su propia habitación y caminó hasta asomarse en la puerta.
—¿Ursi?
Sonia se quedó en el umbral, creyendo que sus ojos le jugaban una mala pasada.
Úrsula la miró un instante antes de volver a concentrarse en sus cosas.
—Sí.
Sonia entró a toda prisa y posó sus manos finamente cuidadas en los hombros de la joven.
—Regresaste y ni siquiera avisaste, mamá no te ha visto en meses.
Sus ojos, enmarcados por una expresión dulce y compasiva, repasaron el rostro de Úrsula, pareciendo encarnar el sufrimiento de una madre que había sido cruelmente olvidada por su hija.
Pero Úrsula apartó las manos de su madre con un movimiento suave pero firme.
Sonia se paralizó y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Úrsula se puso de pie, enfrentándola con una expresión inalterable, libre de expectativas o decepciones.
—Mamá, no necesitas fingir que te preocupas mucho por mí... en serio, aparte de hacerte ver como una pobre víctima y de prolongar mi suplicio, no sirve para nada. Admitir que tienes preferencias y que realmente no te importo tanto no es el fin del mundo. Mejor deberías tomar el ejemplo de papá; él fue el primero en dejar de lado las apariencias, y al final, decidir si somos familia o solo una herramienta de negocios hace que la relación sea mucho más directa y sencilla.
Eran las palabras que Úrsula llevaba guardadas desde siempre.
Siempre había imaginado que soltaría esa carga en un entorno formal, preparado, tras mucho protocolo y tensión, pero resultó ser en una tarde cualquiera, en un día gris de invierno.
Úrsula siempre había vivido bajo un peso constante. Recibir el amor de una madre no debería sentirse así; ¿por qué ser amada tenía que resultar tan agotador?
Y la verdad era que Sonia no la amaba. Simplemente actuaba como si lo hiciera, utilizando la máscara del amor materno para amarrarla emocionalmente.
En aquella casa, nadie soportaba las demandas insaciables de Sonia; Úrsula era la única que siempre cedía, convirtiéndose así en su tabla de salvación frente a su enorme vacío emocional.
A veces creía que Sonia era incluso más inmadura que Noemí Valdés; una niña eternamente mimada que exigía atención incondicional.
Pero Wilfredo jamás le dedicaba tiempo, Natalia tampoco lo hacía, y Noemí vivía siempre montando rabietas, así que Úrsula, la siempre obediente, terminó siendo la presa fácil.
Sonia pregonaba a los cuatro vientos su amor de madre, pero jamás faltaba a un solo evento de la alta sociedad, a sus juegos de cartas ni a sus tardes de café con las damas ricas. Su vida de ocio estaba repleta de lujos. Solo cuando repentinamente sentía una pequeña punzada de culpa, acosaba a Úrsula con llamadas interminables para hacerle un show: "Mira cuánto te quiero, mira qué madre tan sacrificada y desesperada soy".

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