—No se llama Facundo Castro.
En Villa Cielo Abierto, Lucio, tras disponer de un tiempo libre esa tarde, jugaba un rato con Boro. Acarició la cabeza del pastor alemán y le indicó al adiestrador que se lo llevara al prado a correr.
Con una mano metida perezosamente en el bolsillo, observó al perro alejarse, manteniendo un semblante relajado.
—¿Cómo se llama?
—Federico Arriaga —respondió Tomás.
Lucio jugueteaba con el anillo de jade dentro de su bolsillo.
Se lo había dado a Úrsula, pero la joven seguía mostrando una terquedad inusual. Antes de casarse habían acordado que lo suyo era suyo, y se rehusaba a aceptar lo que no le pertenecía. Mantenía una distancia fría y clara; Lucio no lograba descifrar si solo estaba siendo educada o si había algo más detrás.
La noche anterior, aprovechando que ella se había quedado rendida por el cansancio, volvió a ponérselo en el dedo. Sin embargo, ella no daba el brazo a torcer. Esa misma mañana, al subirse al coche para dirigirse a la villa, Lucio descubrió que el anillo estaba de vuelta en su bolsillo; no tenía idea de en qué momento lo había devuelto.
Imaginaba que fue durante el desayuno, mientras él la sostenía en brazos para darle de comer.
Aquella mujercita lo había hecho con un sigilo impecable, suficiente como para competir con el carterista más astuto.
Pero que ella estuviera tan baja de guardias estando con él tal vez no fuera una buena señal.
Lucio bajó la mirada, inexpresivo, meditando en lo que Tomás acababa de decirle.
—¿De la familia Arriaga?
Tomás asintió.
—Llevamos mucho tiempo en Nueva Alborada y nunca hemos tenido trato con la familia Arriaga. El viejo patriarca aún vive, pero desde que su hijo mayor falleció de manera sospechosa hace unos años, han preferido mantenerse ocultos. Se rumorea que apoyaron al bando equivocado en las altas esferas y ahora los tienen en la mira.
Lucio se apoyó lánguidamente contra el tronco de un árbol y pronunció con calma:
—Federico Arriaga, Facundo Castro.
—Deberían ser la misma persona... —comentó Tomás, antes de añadir—: Si resulta ser una trampa, el único capaz de orquestarla sería Ricardo Beltrán. Quizá dedujo algo después del incidente con León.
Al escuchar esos nombres, los ojos de Lucio se estrecharon y un aura de indiferencia gélida lo cubrió.
—¿Y dónde está Ricardo Beltrán?
Tomás tragó saliva.
—Siempre ha estado operando en la Zona Este.
Lucio arqueó una ceja.
—¿No dije que encontraran la oportunidad de deshacerse de él? ¿Qué pretende Joaquín que aún no actúa?
Su mirada helada hizo que Tomás comenzara a sudar frío, a pesar del clima de invierno.

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