Antes de subir las escaleras, Lucio se detuvo un momento y añadió:
—No hace falta que toques a la puerta.
—Ah, de acuerdo.
Cuando él desapareció en el segundo piso, Úrsula terminó de organizar las cajas de regalo y se preparó para subir también.
Justo al levantarse, sintió que pisaba algo. Era una pequeña caja negra con detalles dorados.
No la había notado antes. Se agachó, la recogió y, al abrirla, descubrió en su interior una pulsera de diamantes con destellos iridiscentes.
El trabajo era exquisito, sin duda hecho a medida, y los diamantes incrustados costaban una verdadera fortuna.
Úrsula la miró fijamente durante un rato, pero en sus ojos no hubo ni una sola chispa de emoción.
Soltó un suspiro lento, guardó la pulsera y cerró la caja.
Ese día amaneció soleado, el clima ideal. Sergio Zapata había invitado a Lucio a jugar golf.
A Lucio nunca le había gustado ese deporte, pero a veces no le quedaba más remedio que seguirles el juego a esos empresarios pedantes por pura diplomacia.
Sabía jugar, pero rara vez lo hacía.
Apuntó, hizo el swing y la pelota entró de un solo golpe.
Aburrido, le entregó el palo al caddie.
—Nada mal —dijo Sergio, acercándose con una sonrisa pícara—. Te veo muy relajado últimamente. ¿Ya decidiste que no te vas a divorciar?
Lucio pensó para sí mismo: *"¿Divorciarme? Si nos acabamos de casar"*.
No tenía ganas de darle explicaciones a gente que no entendía la situación, así que respondió con frialdad:
—Al final, es solo sobrevivir el día a día. Daría igual con quién estuviera.
Sergio se echó a reír.
—¡Vaya, qué filosofía tan repentina! ¿Y tampoco te importa que tu suegro ande diciendo estupideces a tus espaldas por todas partes?
Lucio caminó hacia una silla cercana y se sentó.
—Siempre lo tengo vigilado. Mientras el viejo no cruce la línea, no hay por qué intervenir.
Sergio se sentó a su lado, tomó una copa de la mesa con aire pensativo y la agitó levemente.

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