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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 229

—Estoy en mis días —soltó Úrsula.

Su mensaje era claro: no podrían hacer nada de *eso*.

Una sutil sonrisa asomó en los labios de Lucio, y con tono solemne respondió:

—Entonces con mayor razón no puedo irme. Alguien tiene que cuidarte, ¿no?

Úrsula no tenía cómo ganarle esa batalla.

No pudo evitar soltar un profundo suspiro.

Lucio levantó la mano, le acarició el cabello y le indicó con seriedad:

—Si vas a salir estos días, avísame antes.

Úrsula lo miró, desconcertada.

Pero él no añadió nada más.

Esa noche, ambos durmieron en el apartamento de Residencial Los Jardines.

Al día siguiente, disfrutaron de un raro día de descanso.

Muy temprano, antes de que siquiera los ancianos del parque se levantaran para hacer ejercicio, Wilfredo Valdés comenzó a bombardear el teléfono con llamadas.

El tono de llamada no dejaba de sonar en la habitación, destrozando la tranquilidad de la mañana.

Una mano grande buscó el teléfono y contestó.

Wilfredo se alegró de inmediato y su voz charlatana inundó la línea:

—Úrsula, mi niña, ¡hoy es tu cumpleaños! Ven a comer a la casa al mediodía, la familia no te ha visto en mucho tiempo, te cuento que...

—Lárgate —y colgó.

La voz de Wilfredo se cortó en seco. Alejó el teléfono de su oreja, lo miró para asegurarse de que no se había equivocado de número.

Justo cuando confirmó que era el correcto, el sonido de línea muerta le indicó que ya le habían colgado.

Cuando intentó marcar de nuevo, el sistema le avisó que su número había sido bloqueado.

Afuera, una lluvia fina comenzaba a caer, repicando suavemente contra los cristales.

Las cortinas estaban cerradas herméticamente, sin dejar que un solo rayo de luz entrara.

Lucio dejó caer el teléfono con irritación, tiró de las cobijas hacia arriba, abrazó a la chica que tenía al lado y volvió a dormirse.

Cuando Úrsula despertó, estaba sola en la cama.

Salió de la habitación después de arreglarse y se encontró con un hombre que solo llevaba pantalones de chándal, con el torso completamente desnudo, cocinando el desayuno en la cocina.

Sus músculos se marcaban tensos y definidos, su cabello oscuro estaba despeinado, y su perfil perfecto le daba un aire tan perezoso como cautivador.

Lucio giró la cabeza y le hizo un leve gesto con la barbilla.

—Tus huevos fritos están en la mesa.

Úrsula asintió.

Sin embargo, en lugar de ir al comedor, fue directo a sentarse en el sofá.

Lucio la miró por el rabillo del ojo, esbozando una sonrisa burlona.

—No tienes que esperarme.

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