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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 234

Aquella noche, alrededor de la medianoche, Lucio le deseó un "feliz cumpleaños" a Úrsula hasta tres veces, celebrando su llegada a los veinticuatro.

Él no solía ser de los que repetían las cosas, y ni siquiera entendía muy bien cuál era el significado detrás de esos dos saludos adicionales.

Algunas emociones cruzaban por su mente a tal velocidad que, como estrellas fugaces, eran imposibles de capturar.

O tal vez, de forma subconsciente, simplemente sentía que no valía la pena analizarlas, y por eso las dejaba pasar.

Los días transcurrían. Ambos pasaban la mayor parte del tiempo trabajando. Salían por la mañana, volvían por la noche, cenaban juntos y luego cada quien se retiraba a seguir con sus asuntos. La rutina era casi siempre la misma.

Frente a los demás, actuaban como el matrimonio perfecto, llenos de naturalidad y cariño. En privado, mantenían una relación cordial pero distante. Solo cuando se entregaban a la pasión bajo las sábanas parecía existir una chispa real que los conectaba en cuerpo y alma por breves instantes.

Con el paso del tiempo, esta dinámica se consolidó como su nueva normalidad. Ninguno de los dos intentó cruzar la línea ni hablar de sentimientos innecesarios.

El tiempo avanzaba implacable, y la vida seguía su ritmo apresurado de siempre.

En la planta alta de la Mansión Poniente, había una habitación equipada como estudio de baile. En el pasado, cuando Úrsula todavía actuaba con su compañía, pasaba horas encerrada allí, rodeada de espejos, ensayando sus coreografías al ritmo de la música.

Después de su última presentación, al encontrar un nuevo rumbo en su vida, nunca más había vuelto a abrir esa puerta.

Hacía poco, Lucio le había ordenado al personal que limpiara a fondo aquel salón espejado, pues había encontrado un uso mucho más interesante para él.

Transformó un espacio artístico en el escenario de sus fantasías más perversas.

Por ejemplo, en este preciso momento.

Úrsula estaba apoyada contra la barra de ballet, mientras los fuertes brazos del hombre la sostenían con firmeza desde atrás.

El inmenso espejo, originalmente diseñado para corregir la postura, ahora cumplía una función completamente distinta.

Lucio todavía llevaba puesta su camisa y sus pantalones de vestir. Su rostro reflejaba una mezcla de calma y malicia. De no ser por las venas marcadas en sus brazos que delataban su intensidad, cualquiera diría que estaba de lo más tranquilo.

A simple vista, parecía que la situación estaba bajo control.

Pero solo Úrsula sabía que estaba al borde del colapso.

Para colmo de males, Lucio era un completo cabrón; no le permitía cerrar los ojos ni por un segundo.

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