Úrsula levantó la mano y le dio un golpecito en la boca por insolente.
—¿Vas a seguir con eso?
Lucio sopló suavemente en su oído.
—Vaya, no sabía que tenías tantos amigos como para quedarte cantando hasta la madrugada.
Si él no le hubiera pedido a Rosa que la llamara, seguro se habría quedado de fiesta hasta el amanecer con aquel grupito de niñas ricas.
Úrsula soltó un suspiro y habló con calma.
—Ya estaba por venirme, pero en eso llegó la señorita Jiménez e hizo todo un drama.
Todos en el privado se quedaron intentando consolar a Julieta. Aunque Úrsula apenas la conocía, no le pareció prudente irse y dejarla así.
Lucio continuó abrazándola desde atrás. Disfrutaba de la conversación, sabiendo que era una excelente táctica para desviar su atención.
—¿Cuál señorita Jiménez?
—La que se casó con un miembro de la familia Lozano.
Ese detalle hizo que Lucio lograra ubicarla en su memoria.
No era que él le prestara mucha atención a los chismes, pero lo había escuchado durante una salida con Sergio Zapata y otros conocidos.
Hace más de medio año, cuando la familia Valdés hizo lo imposible por aliarse con los Silva, las familias Jiménez y Lozano también celebraron su boda. Ambos matrimonios ocurrieron con menos de un par de semanas de diferencia, por lo que era común que la alta sociedad los comparara.
A diferencia de los Valdés y los Silva, que eran mundos completamente opuestos, los Jiménez y los Lozano estaban al mismo nivel. Un matrimonio entre pares siempre parecía más sólido y prometedor.
Y para rematar, con todo el alboroto del heredero falso en la familia Silva, más de uno apostó a que el matrimonio entre Úrsula y Lucio no llegaría ni a los seis meses.
Pero el tiempo había pasado. Medio año después, la pareja por la que nadie apostaba seguía viento en popa, mientras que el matrimonio perfecto de los Jiménez y Lozano se estaba cayendo a pedazos.

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