La atmósfera en la oficina se volvió tensa, incluso el aire parecía haberse estancado.
En su primer reencuentro, acordaron dejar el pasado atrás. En su segunda interacción durante la cena, fingieron ser solo conocidos de la universidad.
Esta era la tercera vez que se veían desde que él regresó al país, y de repente Dante soltaba semejante atrocidad con total seriedad, argumentando que no era un delito.
Úrsula realmente no sabía qué hacer con él.
Mientras su mente era un caos, el timbre del teléfono sonó de repente.
Dante y Úrsula miraron al mismo tiempo hacia el escritorio de donde provenía el ruido.
Era el celular de ella, vibrando sin parar.
Al ver esto, Dante volvió a sentarse en el sofá:
—Contesta primero.
Parecía dispuesto a esperar a que ella terminara para continuar la conversación.
Pero en cuestión de segundos, Úrsula ya había encontrado la excusa perfecta para terminar con ese tema. Mientras caminaba hacia el escritorio, planeó mirar la pantalla, fingir que estaba muy ocupada y usar eso para echarlo.
Sin embargo, al llegar frente al teléfono, se dio cuenta de que el destino tenía otros planes.
Al bajar la mirada hacia la pantalla, vio un nombre que la hizo estremecerse:
Lucio Silva.
El nombre de la persona que llamaba le provocó un tic en el ojo.
Pero eso no fue lo peor.
Mientras el teléfono seguía sonando, se escuchó el inconfundible sonido del elevador de ese piso abriéndose, seguido del eco de unos zapatos de cuero pisando el suelo.
Alguien acababa de salir del ascensor.
Los pasos se acercaban y parecían dirigirse directamente hacia su oficina.
Úrsula observó el celular sonando sin parar. Al contestar, giró la cabeza para estar atenta al ruido de afuera:
—¿Bueno...?
Rodeó el escritorio y caminó hacia la puerta.
El hombre del otro lado de la línea habló:
—¿Estás en tu oficina?
La voz profunda salió del auricular y llegó a los oídos de Úrsula, pero al mismo tiempo parecía venir desde mucho más cerca, no solo desde el aparato.
Con el ceño fruncido y parada en la entrada de su oficina, miró hacia el pasillo a través del cristal semi transparente. El hombre que acababa de hablar por teléfono estaba a unos diez metros, dando la vuelta a la esquina. Había aparecido en su piso sin previo aviso.
Lucio sostenía su teléfono mientras levantaba la mirada lentamente.
Sus ojos se encontraron de inmediato.

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