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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 255

Afuera de la oficina, tras una breve pausa, Lucio caminó a paso firme hacia Úrsula.

Ella se quedó petrificada en la puerta.

No se atrevía a mirar hacia atrás, temiendo que Dante saliera de repente, ni tampoco a levantar la vista, por miedo a que Lucio ya hubiera visto a quien estaba adentro y comenzara con sus interrogatorios.

Aunque no había pasado absolutamente nada, Úrsula sentía que estaba al borde de un abismo, sin poder avanzar ni retroceder.

Sin otra opción, cerró los ojos y se resignó a su suerte.

Los pasos se hicieron cada vez más fuertes.

En cuestión de segundos, Lucio ya estaba frente a ella.

Observó a la chica apoyada contra el marco de la puerta, con los ojos cerrados y agarrando el celular con fuerza. Al notar el sonrojo en sus mejillas, en su mente volvió a resonar el 'te extrañaba' que ella acababa de decirle.

Lucio sonrió:

—Qué tímida te has vuelto.

¿Eh?

Al escuchar eso, Úrsula levantó los párpados lentamente. Apenas había abierto los ojos cuando sintió la mano del hombre sosteniéndole la nuca mientras se inclinaba para besarla.

No había nadie más en ese piso, y parecía que a él no le importaba esperar.

Lucio la agarró por la cintura y la empujó hacia adentro de la oficina.

La sentó sobre el escritorio sin interrumpir el beso en ningún momento.

Úrsula dejó caer las piernas por el borde, sosteniéndose con las manos sobre la mesa.

Sin tiempo para pensar, aprovechó el instante para abrir los ojos y mirar de reojo más allá del rostro del hombre, quien mantenía los ojos cerrados, entregado al beso.

Lo que vio fue el sofá de visitas completamente vacío.

¿Y él?

¿A dónde se había ido?

Úrsula no había escuchado salir a Dante, y por la altura del edificio, era imposible que hubiera saltado por la ventana.

Preocupada, apenas le correspondía el beso a Lucio de forma superficial, mientras sus grandes ojos escaneaban la oficina.

Su mirada pasó rápidamente por cada rincón hasta detenerse en un solo lugar: el clóset.

Sus ojos se abrieron de par en par.

El armario pegado a la pared se veía igual que siempre, excepto por un detalle: las puertas dobles no estaban bien cerradas. Una de ellas estaba ligeramente entreabierta, y atrapado en la ranura, asomaba un pequeño trozo de tela gris plomo, claramente perteneciente al abrigo de Dante.

Toda la atención de Úrsula se centró en ese pedazo de tela.

De repente, sintió un pellizco en los labios.

Lucio murmuró con la voz ronca:

—Dijiste que me extrañabas, pero no te estás concentrando.

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