La mitad del susto que tenía Úrsula era culpa del propio Dante.
Dante la miró fijamente:
—Tu padre te obligó a casarte con él, ¿verdad? Te vendió a la familia Silva.
Úrsula bajó la mirada:
—Eso no importa.
Tomó un respiro profundo:
—Dante, pase lo que pase, tengo que decirte que ya no soy esa chica ingenua y buena que recuerdas. Lucio es un hombre poderoso y es generoso con su pareja. Me casé con él por mi propia voluntad.
La mano que Dante tenía al costado se cerró en un puño.
Úrsula forzó una sonrisa perfecta, casi ensayada:
—Incluso si no fuera él, me habría casado con cualquiera que me ofreciera los beneficios necesarios para escalar socialmente, sin dudarlo. Ahora soy una mujer que solo se mueve por interés.
Abrió los brazos frente a quien fue su primer amor, como si no tuviera nada más que esconder.
Úrsula pensó que diciendo eso, la imagen perfecta que Dante guardaba de ella se haría pedazos.
Dejó escapar un largo suspiro de alivio.
Pero antes de que terminara de suspirar, Dante habló de golpe:
—Si lo que buscas son beneficios, yo también te los puedo dar.
Úrsula tosió, desconcertada:
—Pero ya estoy casada.
Dante agachó la cabeza, salió del armario y dijo con una voz completamente plana:
—No me importa.
Úrsula abrió los ojos de par en par, sorprendida, pero rápido reaccionó:
—Ya entiendo, solo estás resentido, lo sé. Pero si miras más allá, te darás cuenta de que hay mujeres mucho mejores que yo. No te encierres en esto. Si sigues aferrado a mí de esta forma, tu reputación se va a arruinar. En el futuro, cuando lo pienses en frío, te vas a arrepentir. Te lo digo en serio.
Había usado todos los argumentos posibles para convencerlo, esperando que Dante entrara en razón.


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