Cuando Lucio abrió la puerta, Úrsula estaba apoyada cómodamente contra la cabecera de la cama, inmersa en la lectura.
Seguía leyendo El ruiseñor y la rosa.
Era su costumbre; siempre que no podía conciliar el sueño, abría ese libro. Se había convertido en su lectura obligada antes de dormir.
Lucio caminó lentamente hacia ella, con expresión serena.
—¿Aún no te duermes?
El cabello negro de Úrsula caía sobre sus hombros como una cascada de seda, y su hermoso rostro de tez luminosa le daba un aspecto tranquilo y dócil.
—Ya casi.
Ella encogió un poco las piernas para hacerle espacio, y Lucio aprovechó para sentarse en el borde de la cama.
Él ladeó la cabeza, echó un vistazo a la portada del libro y soltó una ligera carcajada.
—De verdad te gusta mucho ese libro.
Úrsula negó con la cabeza.
—Tampoco es que me encante.
Pero el significado que tenía para ella era diferente. No se trataba de la historia en sí, sino de un recuerdo de hace mucho, mucho tiempo, cuando Sonia solía leérselo a Noemí.
Úrsula solía quedarse de pie junto a la puerta, escuchando a escondidas. Por eso, años después, cuando el insomnio la atacaba, abría ese mismo libro.
Al principio fue una especie de consuelo psicológico, un autoengaño, pero poco a poco se convirtió en un hábito.
Sin embargo, Úrsula no le dio todas esas explicaciones a Lucio.
Él tampoco era de los que hacían demasiadas preguntas. Se inclinó, pasó un brazo por detrás de su espalda y le dio un suave beso en la frente. Parecía intuir que ella le preguntaría, así que se adelantó a justificar su salida.
—Tengo que salir a resolver un asunto.
Úrsula asintió levemente.
—Está bien.
Lucio arqueó los labios en una sonrisa.
—¿No me vas a preguntar de qué asunto se trata? ¿No sospechas de lo que voy a hacer a estas horas de la noche?
Ella bajó la mirada. Pensó para sus adentros que, si él iba a rescatar a su salvadora, a ella no le incumbía en absoluto. Preguntar solo haría la situación incómoda.
No tenía ninguna intención de involucrarse en sus antiguos enredos amorosos, especialmente cuando Sara Montero estaba al acecho, esperando el momento para atacar a esa tal señorita Clara.
Úrsula tenía sus propios planes y no podía perder más tiempo con él.
Para despacharlo rápido y que se fuera de una vez a rescatar a la mujer que había caído en manos de Ricardo Beltrán, levantó sus finos y pálidos brazos y rodeó el cuello de Lucio en un abrazo. Inclinó la cabeza cerca de su oído, y con un tono de ternura y apego que jamás había mostrado, le susurró:
—No te quitaré más tiempo. Ve y regresa pronto. Si vuelves temprano, quiero que me leas un cuento.
Era música para los oídos.
Lucio pensó que Úrsula se estaba volviendo cada vez más dependiente de él. Actuaba como una niña mimada pidiendo que le leyeran un cuento.
Se estaba aprovechando de la situación.
Intentó mantener el rostro serio para que ella no se sintiera demasiado orgullosa de su pequeño capricho.
—Sí, volveré lo más rápido posible.
Úrsula lo soltó.
Lucio se puso de pie y retrocedió hacia la puerta, sin apartar sus oscuros ojos de ella.
Los ojos de Úrsula brillaban, claros y hermosos, y hasta le dedicó un pequeño gesto de despedida con la mano.
Al llegar al marco de la puerta, Lucio apartó la mirada, se dio la vuelta y salió de la habitación.
El coche ya estaba listo.
No perdió un segundo más; pronto salió conduciendo solo de la Mansión Poniente, en dirección a las afueras de la ciudad.
En cualquier otra circunstancia, aprovechando la ausencia de Lucio, Dante habría buscado la manera de ir a ver a Úrsula a solas. Pero ahora había vidas en juego; tanto él como Federico debían apegarse al plan al pie de la letra.

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