Ricardo soltó una risa siniestra.
—¿Y bien? Te lo advierto, si no vienes, voy a violar y matar a Clara Castro, y luego te la enviaré en pedazos. ¿Ya tomaste tu decisión?
La mirada de Lucio se volvió glacial.
—Iré a verte solo. Pero si te atreves a tocar a Clara, te juro que te haré rogar por la muerte.
Ricardo resopló con desdén.
—Ya tienes la dirección. Si no te veo aquí esta misma noche, prepárate para recoger su cadáver mañana.
Sus amenazas resonaron con total claridad en la sala. Esto no era una broma.
Ricardo había dado un ultimátum.
La llamada se cortó.
Lucio bajó la mirada, permaneció inmóvil en el sofá, maquinando un plan perfecto.
Mientras tanto, Dante miró disimuladamente hacia el piso de arriba.
Era de noche, así que Úrsula debía estar en su habitación.
Dante sabía perfectamente que ella ya estaba casada. Sabía que no debía acercarse más, y que ella misma rechazaba su cercanía.
Debía haber dado un paso atrás. Pero ella no vivía tan bien como él había imaginado.
Ahora mismo, Lucio estaba moviendo cielo y tierra por otra mujer. Aunque Lucio pudiera darle a Úrsula todo el dinero y el poder del mundo, ¿qué pasaba con el amor? ¿Con el afecto?
Siempre habría grietas emocionales de las que él podría aprovecharse.
Mientras Dante se perdía en sus pensamientos, Federico lo miró con desesperación.
—¿Qué vamos a hacer?
Dante levantó la vista al escuchar su nombre.
Miró a Federico y luego se volvió hacia Lucio.
—Federico y yo podemos quedarnos afuera como apoyo.
Siempre era bueno tener un plan B.
Lucio se levantó del sofá y miró a Dante por encima del hombro.
—Solo asegúrate de vigilarlo a él.

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