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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 280

Con una sonrisa fingida y rebosante de cinismo, Lucio le dio dos palmadas amistosas en el hombro a Dante.

—Si a partir de mañana te atreves a acercarte a ella de nuevo, te juro que terminarás mucho peor que Ricardo Beltrán.

Dicho eso, Lucio empujó el hombro de Dante con rudeza para abrirse paso y entró al edificio.

Su figura fue iluminada por las luces del interior, mientras Dante se quedaba de pie, tragado por la oscuridad de la noche.

La llovizna seguía cayendo incesantemente.

Las amenazas de Lucio aún resonaban en los oídos de Dante. Se dio la vuelta y se quedó mirando fijamente la espalda de Lucio, perdiéndose en sus propios pensamientos por largo rato.

A la mañana siguiente.

La Villa Cielo Abierto amaneció con un ajetreo inusual.

Dada la delicada situación, Clara no podía aparecer en público en la Nueva Alborada. Para garantizar su máxima seguridad, debía quedarse en la villa por una temporada.

Como era de esperar, Federico se negó a separarse de su hermana mayor, así que él también se quedó.

En cuanto al resto de la familia Arriaga, se habían marchado la noche anterior. Lucio no tenía la menor intención de hospedar a Dante bajo su techo.

Además de los dos hermanos Castro, Sara Montero se presentó a primera hora de la mañana y no hubo poder humano que la hiciera irse.

Con tanta gente extra en la casa, y considerando el delicado estado de salud de Clara, Tomás solicitó a dos chefs especializados en comida nutritiva para que se encargaran del menú.

Cuando Úrsula despertó y bajó al comedor, se sorprendió un poco al ver tanta actividad tan temprano.

No tenía mucho apetito y no le provocaba comer nada pesado, pero su estómago rugía de vacío.

Bajó las escaleras en silencio, eligió el asiento más alejado de todos y empezó a tomar sorbos lentos de su tazón de avena.

En el extremo opuesto de la enorme mesa, Sara Montero estaba metidísima en su papel de supuesta amiga íntima de Lucio, lanzándole dardos envenenados a la frágil Clara.

Sara, perfectamente maquillada y luciendo una sonrisa calculada al milímetro, lanzó su comentario:

—Es curioso. Durante todos estos años, por más que Luchi la buscó, no había rastro de la señorita Clara. Qué raro que, sin ninguna pista, haya aparecido justo ahora, y precisamente como rehén de Ricardo Beltrán para extorsionar a Luchi. Cualquiera pensaría que usted lo planeó todo desde el principio.

Clara, con su aspecto delicado y enfermizo, respondió con un tono de voz apagado:

—Lo único que yo quería era vivir sin tener que esconderme. Sus palabras son demasiado crueles, señorita Montero; no podría soportar semejante acusación.

Sara la miró con desdén.

—¿Y cómo no? Después de todo, es usted la salvadora de Luchi, lo que técnicamente la convierte también en mi salvadora.

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