De todos modos, Úrsula sentía que debía calmarlo un poco, además de que tenía un par de preguntas para él.
Dejó su bolso a un lado y, bajo la atenta mirada de Lucio, caminó hacia el mueble para sacar el botiquín. Tomó antiséptico y algunos hisopos, y caminó de regreso a la mesa, todavía sintiendo sus ojos fijos en ella.
El rostro de Lucio, que había estado ensombrecido como un nubarrón todo el tiempo, finalmente pareció relajarse un poco.
Se recostó en la silla con una postura perezosa, recuperando ese aire de patrón indiscutible, como todo un rey: —Aquí... y también aquí.
Lucio se señaló la comisura del labio y luego alzó un poco el rostro para mostrar otro corte en la barbilla.
Úrsula arrastró una silla y se sentó a su lado. Al oírlo, prestó más atención a la sangre seca en su barbilla: —¿Y cómo te hiciste esto?
Lucio esbozó media sonrisa y soltó con indiferencia:
—Tu novio me arañó con las uñas.
No tuvo el valor de confesar que, durante la pelea, perdió el equilibrio y se raspó él mismo contra uno de los pedazos de porcelana rota de los platos que él había destrozado.
Al verlo hablar por hablar con tanto cinismo, Úrsula no pudo evitar darle una leve bofetada en los labios.
—¡Habla en serio!
Ella, que rara vez usaba la violencia, acababa de romper su regla frente a este hombre.
Al recibir el golpe, Lucio se lamió los dientes con fastidio, frunciendo el ceño.
—Úrsula, te estuve esperando toda la tarde.
Estiró un largo brazo y la envolvió por la cintura, sentándola a la fuerza sobre sus piernas y sosteniéndola con firmeza, con la mano grande aferrada a su costado.
Úrsula intentó levantarse, pero le fue imposible.
Ya sabía exactamente cuál iba a ser el próximo movimiento de Lucio.
Tiró el hisopo a un lado y se tapó ambas orejas con las manos.
—Está bien, dime lo que me tengas que decir de una vez.
El corazón de Lucio latía a un ritmo caótico por la frustración. Le apartó las manos de los oídos a la fuerza, la sujetó bien y le dio una pequeña mordida en la mejilla:
—Tú me escondes cosas, y luego me aplicas la ley del hielo.
Úrsula empujó su cabeza y se frotó la cara ofendida:
—No uses palabras que no entiendes. ¿Cuándo te he aplicado la ley del hielo?
Lucio la miró inexpresivo.
—Todo el tiempo. Por ejemplo, cuando te tapas las orejas.
Cada vez que Úrsula no quería hacerle caso, recurría a ese gesto.
Ella se mordió el labio inferior.

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